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Wikipedia está fuertemente micromilitado.

2018.08.11 22:17 DrGenial Wikipedia está fuertemente micromilitado.

Iba a postear esto como respuesta a un thread de un usuario sorprendido de que existe la categoría "Prisioneros políticos durante la presidencia de Mauricio Macri"
Para que no se pierda en otro thread, me gustaría mostrar acá lo micromilitado que está Wikipedia. Con ejemplos, para que cada uno saque sus conclusiones.
Primero, algunos artículos que están en la categoría "Presidencia de Mauricio Macri", para que van el tono:

Reforma previsional en Argentina de 2017

Momento en el cual la Cámara de Diputados de la Nación Argentina aprueba la reforma. La reforma previsional en Argentina es una reforma del sistema de jubilaciones y pensiones impulsada durante la presidencia de Mauricio Macri en diciembre de 2017.1​ La reforma alcanza a jubilados, pensionados, beneficiarios de las asignaciones familiares y de la Asignación Universal por Hijo, y a los veteranos de la guerra de Malvinas.2​ Implica una reducción del 3% de las jubilaciones promedio para 2018 y del 8% para 2019, con un recorte presupuestario en seguridad social de 72.000 millones ARS (aproximadamente 4.100 millones USD) para el año fiscal 2018.3​
La reforma merece un artículo en sí misma, pero el 82% para las jubilaciones mínimas no es nombrado en ningún momento del artículo.

Desaparición de Santiago Maldonado

Acto por la aparición con vida de Santiago Maldonado. El caso Santiago Maldonado se refiere al caso de la desaparición y muerte de Santiago Andrés Maldonado a partir del 1 de agosto de 2017, investigado en las causas 8232/2017 y 8233/2017 de la justicia federal argentina, víctima de una presunta desaparición forzada en el marco de la represión de una protesta que incluyó cortes de ruta, realizada por la comunidad mapuche Pu Lof en Resistencia de Cushamen,1​ ubicado en la provincia argentina del Chubut. La represión fue llevada a cabo por la Gendarmería Nacional, una fuerza de seguridad que opera en el ámbito del Ministerio de Seguridad del Poder Ejecutivo, disparando balas de plomo y de goma.2​3​ El presidente de la Nación Mauricio Macri, el jefe de Gabinete de Ministros Marcos Peña, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich y otros altos funcionarios del gobierno nacional fueron denunciados por la Liga Argentina por los Derechos del Hombre «por la figura penal típica de desaparición forzada de personas en concurso con encubrimiento y violación de los deberes de funcionario público y abuso de autoridad», según dice textualmente el objeto de la denuncia.4​ El 18 de octubre de 2017, la fiscal de la causa informó que desde varios días atrás, uno de los gendarmes que actuó en el operativo represivo había quedado en situación de imputado.5​6​

Tarifazo de Argentina de 2016

Se denomina coloquialmente Tarifazo de Argentina de 2016 al conjunto de medidas tomadas por la presidencia de Mauricio Macri para aumentar las tarifas de los servicios públicos, del sector energético y del transporte público. Estos servicios habían sido subsidiados durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. En el concepto se incluyen las repercusiones económicas, sociales y políticas que esto conllevó.

Decreto 83/2015

Este decreto fue el que designó dos jueces en la Corte, tema por el que se terminó dando marcha atrás. Debe ser el único decreto (y eso que hay muchos polémicos) que tiene su propio artículo de Wikipedia. Recordemos que Wikipedia es una enciclopedia, no un diario.

Milagro Sala

Milagro Amalia Ángela Sala (San Salvador de Jujuy, 20 de febrero de 1964) es una dirigente política, social e indígena argentina, líder de la Organización Barrial Túpac Amaru, una organización especialmente conocida por su labor de construcción de miles de viviendas en la provincia de Jujuy, e integrante de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA).
Este es uno de los tantos artículos con el flag de "Existen desacuerdos sobre la neutralidad en el punto de vista de la versión actual de este artículo o sección". La mención sobre sus causas penales activas es tan escueta como puede ser, y no se nombran muchos de los hechos terribles por los que acusan a su agrupación.
Los invito a leer la discusión sobre dicho artículo

Perfil de Macri y de su presidencia Vs. Cristina

Aca voy a poner solo unas imágenes para que se note la diferencia, pueden ver de primera mano el tenor de los artículos.
Por un tema de espacio quedó fuera este apartado:
6.16 Seguridad
6.16.1 Represión a piquetes y manifestaciones
6.16.2 Caso Chocobar
Parece que no existen políticas, únicamente conflictos.
El apartado críticas dice, EN TOTAL, esto:
Su gobierno ha sido criticado por diversos motivos, entre ellos la intervención estatal en la economía y las nacionalizaciones del Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas, YPF y las AFJP la limitación para la fuga de capitales, la oposición a los tratados de libre comercio, el memorándum con Irán, los subsidios a la energía, y el uso de reservas para pagar la deuda externa, entre otras. .260​ En medios afines a los poderes económicos concentrados criticaron su gobierno por el «capitalismo de amigotes», por el cual se habrían beneficiado a empresarios que catalogaron como «cercanos al Gobierno».
Eso es TODO lo que se criticó al gobierno de Cristina, claramente.
Y sobre su imagen de gobierno:
Durante su gestión, la imagen presidencial fue fluctuante. El paro de las patronales agropecuarias de 2008 y la derogación del sistema de retenciones móviles por el Congreso, significaron una importante caída de la imagen de Cristina Kirchner, sobre todo entre los sectores medios y altos. En diversas oportunidades, medios de comunicación y políticos opositores afirmaron que se trataba del «fin del kirchnerismo». El final de su mandato, en 2015, se trató de la transición con mayor nivel de apoyo desde la vuelta de la Democracia en 1983, con una masiva manifestación en su apoyo.
Porque claro, salvo por los malvados agropecuarios, después fue todo maravilloso.
Otra cosa que pueden ver es como en cada parte que hablan de sus causas, la mitad del texto es para desacreditar a los jueces que la investigan (salvo en las causas cerradas).
Críticas comprende únicamente 4 puntos:
  • Inflación:
La inflación fue en 2012 según el INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos) del 10.7% anual.
No, nunca se nombre otro porcentaje en el apartado.
  • Cambios en las retenciones a la exportación y el paro agropecuario
  • Situación del vicepresidente Julio Cobos
Sí, figura en el apartado "críticas".
  • Conflicto entre el gobierno y el Grupo Clarín
Durante el Paro agropecuario patronal en Argentina de 2008, el Grupo Clarín mantuvo una línea editorial crítica contra Cristina Kirchner y tomó abiertamente partido por los sectores opuestos al gobierno. Políticos oficialistas interpretaron que esta toma de partido tuvo una importancia crucial en la derrota del gobierno en esa oportunidad.791​ Sin embargo el multimedios fue uno de los principales beneficiados y receptores de la pauta oficial.
Debajo, obviamente, se ponen vínculos de los diarios con la dictadura.
En el artículo pueden ver enorme cantidad de citas a Página 12, Infonews, Diario Registrado, páginas partidarias...
Existen críticas al gobierno de Macri y al de Cristina Kirchner, existen cosas destacables de ambos, ninguno está libre de reclamos... ¿pero alguno realmente cree que los artículos de ambos están escritos en el mismo tono de neutralidad que una enciclopedia debería tener?
Puede que parezca una boludez, pero piensen en la cantidad de chicos que están entrando al colegio y van a estudiar de acá, y los que en el futuro lo van a hacer también. Sumale una película de Maldonado, varios titulares fantasiosos de Página 12 y de C5N, y en 50 años tenés un revisionista histórico argumentando lo que se te ocurra.
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2016.08.14 13:30 ShaunaDorothy El enfoque marxista de la liberación de la mujer - El comunismo y la familia ( 1 - 2 ) (Mayo de 2016)

https://archive.is/7HsFd
Espartaco No. 45 Mayo de 2016
En la Declaración de principios y algunos elementos de programa, la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) expone nuestra tarea de “construir partidos leninistas como secciones nacionales de una internacional centralista-democrática cuyo propósito es dirigir a la clase obrera a la victoria mediante revoluciones socialistas a través del mundo” (Spartacist [Edición en español] No. 29, agosto de 1998). Sólo mediante la toma del poder podrá el proletariado acabar con el capitalismo como sistema y abrir el camino hacia un mundo sin explotación ni opresión. Crucial para esta perspectiva es la lucha por la emancipación de la mujer, cuya opresión se remonta al comienzo de la propiedad privada y no podrá ser eliminada sin la abolición de la sociedad de clases.
La Declaración explica que nuestra meta en última instancia es la creación de una sociedad nueva, una sociedad comunista:
“La victoria del proletariado a escala mundial pondría una abundancia material inimaginable al servicio de las necesidades humanas, sentaría las bases para la eliminación de las clases sociales y la erradicación de la desigualdad social basada en el sexo, y la abolición misma del significado social de la raza, nacionalidad o etnia. Por primera vez, la humanidad tomará las riendas de la historia y controlará su propia creación, la sociedad, llevando a una emancipación jamás imaginada del potencial humano, y a una ola monumental de avance de la civilización. Sólo entonces será posible realizar el desarrollo libre de cada individuo como la condición para el desarro- llo libre de todos”.
La mayoría de las organizaciones que se hacían llamar marxistas solían aceptar la meta de una sociedad comunista, aunque no coincidieran en nada más. Pero desde el colapso de la Unión Soviética en 1991-1992 esto ya no es así. Sólo la LCI se adhiere a la perspectiva del comunismo mundial que expusieron por primera vez Karl Marx y Friedrich Engels.
Este clima ideológico de la “muerte del comunismo” ha llevado a que prevalezcan nociones falsas y estrechas de lo que es el marxismo. En la conciencia popular, el comunismo ha quedado reducido a la nivelación económica (igualdad en un nivel bajo de ingreso y de consumo) bajo la propiedad estatal de los recursos económicos. Por el contrario, la base material para el cumplimiento del programa marxista es la superación de la escasez económica mediante el aumento progresivo de la productividad del trabajo. Para realizarse plenamente, ello exige varias generaciones de desarrollo socialista basado en una economía colectivizada a escala mundial. Así, se desarrollará una sociedad en la que el estado (aparato coercitivo especial que defiende el orden de la clase dominante a través de destacamentos de hombres armados) se habrá extinguido, la filiación nacional habrá desaparecido y la institución de la familia —principal fuente de la opresión de la mujer— habrá sido remplazada por medios colectivos para cuidar y socializar a los niños y por la más amplia libertad en las relaciones sexuales.
El marxismo y la “naturaleza humana”
En el pasado, los intelectuales que consideraban semejante sociedad indeseable y/o imposible, no dejaban de reconocer que era eso lo que los marxistas llamaban comunismo. Por ejemplo, en El malestar en la cultura (1930), una exposición popular de su concepción del mundo, Sigmund Freud ofrece una breve crítica del comunismo. No hay evidencia de que haya estudiado las obras de Marx y Engels ni de que haya leído las de V.I. Lenin y otros líderes bolcheviques. Su comprensión (e incomprensión) del comunismo le era común a muchos intelectuales europeos y estadounidenses de su tiempo, independientemente de sus convicciones políticas.
Freud basaba su crítica del comunismo en el punto de vista de que “la tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del ser humano” y concluía que el proyecto comunista de una sociedad armoniosa contravenía la naturaleza humana:
“No me concierne la crítica económica del sistema comunista; no me es posible investigar si la abolición de la propiedad privada es oportuna y conveniente; pero, en cambio, puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica. Es verdad que al abolir la propiedad privada se sustrae a la agresividad humana uno de sus instrumentos, sin duda uno muy fuerte, pero de ningún modo el más fuerte de todos. Sin embargo, nada se habrá modificado con ello en las diferencias de poderío y de influencia que la agresividad aprovecha para sus propósitos; tampoco se habrá cambiado la esencia de ésta... Si se eliminara el derecho personal a poseer bienes materiales, aún subsistirían los privilegios derivados de las relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante. Si también se aboliera este privilegio, decretando la completa libertad de la vida sexual, suprimiendo, pues, la familia, célula germinal de la cultura, entonces, es verdad, sería imposible predecir qué nuevos caminos seguiría la evolución de ésta; pero cualesquiera que ellos fueren, podemos aceptar que las inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana tampoco dejarían de seguirlos”.
Freud entendía correctamente que en la visión comunista de la sociedad futura la familia se habrá extinguido y habrá una “completa libertad de la vida sexual”. La visión de Freud era incorrecta en tanto que los marxistas reconocen que la familia no puede simplemente abolirse; sus funciones necesarias, especialmente la crianza de la siguiente generación, deben ser remplazadas por medios socializados de cuidado infantil y trabajo doméstico.
Si bien Freud ya no tiene la autoridad ideológica que solía tener, la idea de que la “naturaleza humana” hace imposible un mundo comunista sigue siendo común, aunque los argumentos específicos puedan diferir. Los marxistas, en cambio, insistimos en que es la escasez material lo que da lugar a las salvajes reyertas por los recursos escasos. Es por ello que el comunismo es concebible sólo con un nivel sin precedentes de abundancia material, acompañado de un inmenso salto en el nivel cultural de la sociedad. Es la existencia de las clases, actualmente en la forma de un orden capitalista-imperialista obsoleto, lo que infesta a la sociedad humana con brutalidad y violencia. Como escribió el autor marxista Isaac Deutscher en “Sobre el hombre socialista” (1966): “utilizan el homo homini lupus [el hombre es el lobo del hombre] como grito de guerra contra el progreso y el socialismo y agitan al espantajo del eterno lupus humano en provecho del verdadero y sanguinario lupus del imperialismo contemporáneo”.
Para Freud, la “agresión innata” de las relaciones sexuales era el problema con la naturaleza humana. ¿Cuál es la realidad? La patología social asociada a lo que Freud percibía como rivalidad sexual tendría poca razón de ser en una sociedad comunal plenamente libre en la que la vida sexual fuera independiente del acceso al alimento, la vivienda, la educación y demás necesidades y comodidades cotidianas. Cuando la familia se haya extinguido junto con las clases y el estado, la crianza comunal que la remplace llevará a una nueva sicología y cultura entre la gente que crezca en esas condiciones. Los valores sociales patriarcales —“mi” mujer, “mis” hijos— se desvanecerán junto con el sistema opresivo que los genera. La relación de los niños entre sí y con las personas que les enseñan y guían serán multilaterales, complejas y dinámicas. Es la institución de la familia lo que ata al sexo y al amor a la propiedad, con todo lo que salga de la camisa de fuerza de la monogamia heterosexual considerado “pecado”.
La familia bajo el capitalismo es el principal mecanismo de la opresión de la mujer y de la juventud, atada por innumerables lazos interrelacionados con las operaciones básicas de la economía de “libre mercado”. La familia, el estado y la religión organizada conforman un tripié de opresión en el que se sostiene el orden capitalista. En los países del Tercer Mundo, el atraso y la pobreza arraigados, promovidos por la dominación imperialista, conducen a prácticas horriblemente opresivas como el velo, el precio de la novia y la mutilación genital femenina.
En las sociedades capitalistas avanzadas, como la estadounidense, podría pensarse que la gente lleva una vida complicada, más parecida a las presentadas en programas de televisión como Modern Family o Transparent que a la comedia de los años cincuenta Papá lo sabe todo. Sin embargo, las decisiones personales de la gente están constreñidas por la ley, la economía y los prejuicios de la sociedad de clases; esto es especialmente cierto en el caso de la clase obrera y los pobres. Remplazar la familia por instituciones colectivas es el aspecto más radical del programa comunista, y el que traerá los cambios más profundos y drásticos en la vida cotidiana, incluida la de los niños.
Nuestros oponentes en la izquierda y la cacería de brujas antisexo
En la actualidad, la visión de una sociedad sin la institución opresiva de la familia ya no puede hallarse en la gran mayoría de los que dicen estar por el marxismo, el socialismo o la liberación de la mujer. Hace ya décadas que los estalinistas, con su dogma antimarxista del “socialismo en un solo país”, renunciaron al entendimiento de que era necesaria una sociedad socialista global para conseguir la plena liberación humana, incluyendo la de la mujer. Una consecuencia de ello fue la rehabilitación estalinista de la opresiva familia como un pilar “socialista”. En “La Revolución Rusa y la emancipación de la mujer” (Spartacist [Edición en español] No. 34, noviembre de 2006), tratamos esta cuestión a profundidad.
Hoy, otros supuestos marxistas, entre ellos algunos que afirman ser trotskistas, simplemente siguen la doctrina feminista liberal (burguesa) prevaleciente en cuanto a la liberación de la mujer, apoyando implícitamente a las instituciones de la familia y el estado burgués. Un ejemplo de ello lo dan las reacciones histéricas de nuestros oponentes ante nuestra defensa de los derechos de la North American Man/Boy Love Association (Asociación Norteamericana de Amor entre Hombres y Muchachos, NAMBLA), que está por la legalización del sexo consensual entre hombres y muchachos, así como de otros perseguidos por su “depravación” sexual. La LCI se ha opuesto consistentemente a la intervención del gobierno en la vida privada y exige derogar todas las leyes contra los “crímenes sin víctimas” consensuales, como la prostitución, el consumo de drogas y la pornografía.
Los aullidos de muchos radicales y feministas contra NAMBLA expresan los “valores familiares” que impulsan los políticos e ideólogos burgueses. Durante décadas, la reacción antisexo patrocinada por el gobierno ha tomado varias formas: el prejuicio fanático antigay, una cacería de brujas contra los trabajadores de las guarderías, la prohibición de que se distribuyan entre adolescentes anticonceptivos e información sobre el control de la natalidad, y el encarcelamiento de “desviados”. Este asalto reaccionario estuvo acompañado por terrorismo extralegal, como las bombas en las clínicas de aborto. Gran parte de esta persecución busca fortalecer al estado burgués en su regulación de la población y difundir el pánico como una distracción de la verdadera brutalidad de la vida en esta sociedad retorcida, cruel, prejuiciosa y racista.
En artículos anteriores, hemos explorado algunas de las ambigüedades de la sexualidad en una sociedad donde las deformidades de la desigualdad de clase y de la opresión racial y sexual pueden producir mucho sufrimiento personal y cosas desagradables. Hemos afirmado que, mientras que el abuso infantil es un crimen horrendo y cruel, muchos encuentros sexuales ilegales son totalmente consensuales y no producen por sí mismos ningún daño. La mezcolanza deliberada de todo lo que vaya desde las caricias mutuas entre hermanos hasta la violación horrenda de un niño pequeño por parte de un adulto crea un clima social de histeria antisexo en el que los perpetradores de la violencia real contra los niños a menudo quedan impunes. Hemos señalado que las proclividades sexuales de las especies gregarias de mamíferos como el Homo sapiens claramente no encajan en la rígida monogamia heterosexual decretada por la moral burguesa.
Como medida básica de defensa frente a la persecución estatal de los jóvenes que quieren tener sexo (así sea sexting), nos oponemos a las reaccionarias leyes de la “edad de consentimiento”, con las que el estado decreta cierta edad arbitraria a partir de la cual permite el sexo, sin importarle que dicha edad cambie con el tiempo y varíe de un estado a otro en EE.UU. Al tratar esas cuestiones, nos ubicamos firmemente en oposición al estado capitalista y todos sus esfuerzos por reforzar y sostener el orden burgués explotador. Ésa es la aplicación, bajo las actuales circunstancias, de nuestra meta de la libertad sexual para todos, incluyendo a los niños y los adolescentes, en un futuro comunista. Esto tiene una importancia particular para los jóvenes adultos, de los que se espera que pasen los años que siguen a la pubertad bajo el yugo de la dependencia de sus padres. Llamamos por estipendios plenos para todos los estudiantes como parte de nuestro programa por una educación gratuita y de calidad para todos, para que los jóvenes puedan ser genuinamente independientes de sus familias.
Por el contrario, la International Socialist Organization (ISO, Organización Socialista Internacional) se niega a llamar por la abolición de las leyes de la edad de consentimiento actuales. En un artículo titulado “Youth, Sexuality and the Left” [La juventud, la sexualidad y la izquierda], la dirigente de la ISO Sherry Wolf blande su pica contra el partidario de NAMBLA David Thorstad por ser “el más ardiente y añejo defensor de la pederastia en la izquierda” (socialistworker.org, 2 de marzo de 2010). Wolf cita su propio libro Sexuality and Socialism: History, Politics and Theory of LGBT Liberation (Sexualidad y socialismo: Historia, política y teoría de la liberación LGBT, Haymarket Books, 2009): “Un consentimiento genuino, libre de la desigualdad de poder, no puede dárselo un niño a un hombre de 30”. El artículo de Wolf continúa: “En nuestra sociedad, las relaciones entre adultos y niños no son las de individuos iguales en lo emocional, lo físico, lo social ni lo económico. Los niños y los púberes no tienen la madurez, la experiencia ni el poder para tomar decisiones realmente libres respecto a sus relaciones con adultos. Sin eso, no puede haber consentimiento genuino”.
¿“Decisiones realmente libres”? Pocas relaciones entre adultos cumplirían con esta definición de consentimiento. En los hechos, Wolf pone a los jóvenes menores de 18 años y a sus parejas a merced del estado burgués. El único principio guía para toda relación sexual debería ser el consentimiento efectivo —es decir, el acuerdo y entendimiento mutuo entre todas las partes involucradas— independientemente de la edad, el género o la preferencia sexual.
El que la ISO abandone a los jóvenes al opresivo status quo sexual refleja su acomodación a los prejuicios del orden capitalista y las actitudes atrasadas de la población en general. En última instancia, viene de la vieja oposición de la ISO a toda perspectiva de movilización revolucionaria de la clase obrera hacia la toma del poder y la creación de un estado obrero —la dictadura del proletariado— que abra el camino hacia una sociedad comunista. Para la ISO, el socialismo es más o menos la aplicación acumulada de la “democracia” a todos los sectores oprimidos, entre los cuales la clase obrera es simplemente uno más. La ISO procura presionar a los capitalistas para que reformen su sistema de explotación. Su perspectiva de la liberación de la mujer refleja la misma fe conmovedora en las fuerzas de la reforma.
Por qué los marxistas no somos feministas
Cosa interesante, en los últimos años la ISO ha estado discutiendo en las páginas de su periódico, el Socialist Worker, acerca de las teorías sobre la liberación de la mujer. Parece ser que su motivación es el deseo de abandonar su postura anterior de oposición al feminismo como una ideología burguesa, para poder adoptar activamente la etiqueta de feminista o “feminista socialista”. Por ejemplo, en una charla de la conferencia Social-ism de la ISO en 2013 (publicada en “Marxism, Feminism and the Fight for Liberation” [Marxismo, feminismo y la lucha por la liberación], socialistworker.org, 10 de julio de 2013), Abbie Bakan sugirió: “La afirmación teórica de que hay bases para un enfoque marxista coherente que esté por la ‘liberación de la mujer’, pero contra el ‘feminismo’, carece de sentido”. (Hasta marzo de ese año, Bakan había sido una destacada partidaria de los International Socialists [Socialistas Internacionales] de Canadá, primos políticos de la ISO.)
La reciente adopción teórica explícita por parte de la ISO del “feminismo socialista” no es más que otra cubierta para el mismo contenido liberal. Sin embargo, nos ofrece la oportunidad de reafirmar la vieja posición marxista respecto a la familia y enfatizar que la emancipación de la mujer es fundamental para la revolución socialista e inseparable de ella. Contra lo que dice la ideología feminista, la plena igualdad legal no basta para superar la opresión de la mujer, que está profundamente enraizada en la familia y la propiedad privada.
Como siempre hemos enfatizado, marxismo y feminismo son viejos enemigos políticos. Eso requiere una explicación. En Estados Unidos y otros lugares se ha vuelto común aplicar el término “feminista” a quienes piensan que hombres y mujeres deberían ser iguales. Sin embargo, al lidiar con la desigualdad, el feminismo acepta los confines de la sociedad capitalista existente. Como ideología, el feminismo nació a finales del siglo XIX, reflejando las aspiraciones de una capa de mujeres burguesas y pequeñoburguesas que reclamaban sus prerrogativas de clase: derecho a la propiedad y a la herencia, acceso a la educación y las profesiones, y derecho al voto. Los marxistas buscamos mucho más que esta limitada idea de “igualdad de género”.
Los marxistas reconocemos que la liberación de la mujer no puede ocurrir sin la liberación de toda la raza humana de la explotación y la opresión: ése es nuestro fin. Hace bastante más de un siglo August Bebel, el dirigente histórico del Partido Socialdemócrata de Alemania, lo explicó claramente en su libro La mujer y el socialismo (1879), un clásico marxista. Reeditada varias veces, esta obra fue leída por millones de obreros de distintas generaciones antes de la Primera Guerra Mundial. La riqueza de su visión de la emancipación de la mujer no puede hallarse en ninguno de los escritos de la ISO al respecto:
“[La mujer] elegirá para su actividad los terrenos que correspondan a sus deseos, inclinaciones y disposiciones y trabajará en las mismas condiciones que el hombre. Lo mismo que todavía será obrera práctica en cualquier oficio, durante otra parte del día será educadora, maestra, enfermera, y durante otra parte ejercitará cualquier arte o ciencia y cumplirá en una cuarta parte cualquier función administrativa”.
—La mujer y el socialismo (Ediciones de Cultura Popular, 1978)
Lo que es especialmente significativo de la descripción que hace Bebel de la naturaleza emancipadora del trabajo en la sociedad socialista es que se aplica igualmente a los hombres. Eso apunta al núcleo del motivo por el que marxismo y feminismo son mutuamente excluyentes y de hecho antagónicos. Los feministas consideran que la división básica de la sociedad es entre hombres y mujeres, mientras que los socialistas reconocemos que los obreros de ambos sexos deben luchar juntos para acabar con la opresión y la explotación que sufren por parte de la clase capitalista.
Marx desvirtuado
En su giro teórico a favor del “feminismo socialista”, la ISO está promoviendo el libro Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory (Marxismo y la opresión de la mujer: Hacia una teoría unitaria, Haymarket Books, 2013) de Lise Vogel. Publicado originalmente en 1983, el libro se reeditó como parte de la serie Historical Materialism con una introducción encomiástica de dos académicos canadienses partidarios del ultrarreformista New Socialist Group (Nuevo Grupo Socialista). Incluso hace 30 años, el medio “feminista socialista” al que se dirige Vogel ya se había disuelto en la nada. Pero, dado que Vogel pretende representar un polo marxista dentro del movimiento o corriente intelectual “socialfeminista”, hoy a la ISO le cuadra promover su libro.
En la sección introductoria del libro, Vogel se deslinda ecuánimemente tanto de los feministas no marxistas como de los marxistas no feministas. Se fija como su tarea principal analizar el carácter de la opresión de la mujer dentro de la estructura y dinámica del sistema económico capitalista. Su tratamiento de Marx y Engels es confuso, contradictorio y rimbombante. Se enfoca principalmente en la relación entre el trabajo doméstico y la reproducción generacional de la fuerza de trabajo. Para Vogel, la opresión de la mujer se reduce estrechamente al trabajo doméstico (no pagado). Afirmando explícitamente que “la categoría de ‘la familia’...es insuficiente como punto de partida analítico”, Vogel pasa por alto las cuestiones más amplias del papel de la familia en la opresión de la mujer y los niños y su importancia como sostén clave del orden capitalista. La familia sirve para atomizar a la clase obrera y propagar el individualismo burgués como barrera a la solidaridad de clase.
Su concepción estrecha de la opresión de la mujer no impide a Vogel calumniar a Engels como “determinista económico”. Simplemente deja de lado los aspectos culturales y sociales incluidos en la riqueza de los argumentos que Engels presenta en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884). Para tomar un ejemplo, Vogel se queja de que Engels “no vincula claramente el desarrollo de una esfera especial relacionada a la reproducción de la fuerza de trabajo con el surgimiento de la sociedad de clases o quizá la sociedad capitalista”. Aparentemente, esto significa que Engels no muestra cómo el surgimiento de la sociedad de clases llegó a pesar sobre el papel de la mujer en la crianza de los hijos. Esto simplemente no es verdad.
En El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Engels describe cómo la familia se originó en el neolítico cuando la sociedad se dividió en clases por vez primera. Apoyándose en la información disponible en aquella época, Engels se basó mucho en el trabajo pionero de Lewis Henry Morgan entre los iroqueses del norte del estado de Nueva York para entender las sociedades primitivas sin clases. Engels describió cómo la invención de la agricultura creó un excedente social que permitió, por primera vez, el desarrollo de una clase dominante ociosa que vivía del trabajo ajeno. La familia, específicamente la monogamia de la mujer, fue necesaria para asegurar la transmisión ordenada de la propiedad y el poder a los herederos del patriarca, la siguiente generación de la clase dominante. Si bien es mucho lo que se ha descubierto sobre las primeras etapas de la sociedad humana desde tiempos de Engels, su entendimiento fundamental ha resistido la prueba del tiempo.
Vogel no analiza la función social de la familia para la clase obrera bajo el capitalismo, donde sirve para criar a la siguiente generación de esclavos asalariados. En El capital, Marx explicó que el costo de la fuerza de trabajo está determinado por el costo de manutención y reproducción del obrero: sus gastos cotidianos, su capacitación y el sostén de su pareja y sus hijos. Para aumentar la ganancia, los capitalistas buscan bajar el costo del trabajo: no sólo de los salarios que pagan a los bolsillos de los obreros, sino también de los servicios como la educación y la salud públicas, que son necesarios para la manutención del proletariado.
El feminismo a veces critica algunos aspectos de la familia, pero en general sólo para quejarse de los “roles de género”, como si el problema fuera una discusión sobre el estilo de vida respecto a quién debe lavar los platos o darle al bebé su mamila. El problema es la institución de la familia, que integra a la gente a la sociedad desde la infancia de manera que acate ciertas normas, respete a la autoridad y desarrolle los hábitos de obediencia y deferencia que son tan útiles a la obtención de ganancias por parte de los capitalistas. La familia le es invaluable a la burguesía como reserva de pequeña propiedad privada y en algunos casos de pequeña producción, operando como freno ideológico a la conciencia social. Vogel pasa por alto estas cuestiones y se enfoca estrictamente en el “trabajo doméstico” no pagado de la mujer.
El fin último
La posición de Vogel es incluso más débil en lo que toca al fin último de la liberación de la mujer. Esto se ve especialmente en lo que no dice. Vogel divorcia la emancipación de la mujer de la superación de la escasez económica y del remplazo del trabajo enajenado —tanto en la fábrica como en el hogar— por el trabajo creativo y gratificante. Tanto el fin último de una sociedad comunista como los medios básicos para lograrlo quedan fuera de los confines intelectuales del “feminismo socialista” de Vogel.
Cuando Marx y Engels explicaron que suscribían un entendimiento materialista de la sociedad y del cambio social, no se referían sólo al capitalismo y las sociedades de clase anteriores (como el feudalismo). También proporcionaron un entendimiento materialista de la futura sociedad sin clases. De hecho, ésa era su diferencia fundamental con las principales corrientes socialistas de principios del siglo XIX —los owenistas, fourieristas y saint-simonianos— como las resumió Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico (originalmente parte de su polémica de 1878, Anti-Dühring). Marx y Engels reconocían que una sociedad socialista —entendida como la etapa inicial del comunismo— requeriría un nivel de productividad del trabajo muy superior incluso a la de los países capitalistas más avanzados de hoy. Esto se logrará mediante una expansión continua del conocimiento científico y su aplicación tecnológica.
Vogel no comparte esa concepción. Esto queda particularmente claro en su análisis de los primeros años de la Rusia soviética. Expresando un gran aprecio del entendimiento que tenía Lenin de la opresión de la mujer y de su compromiso por superarla, cita con aprobación un discurso de 1919, “Las tareas del movimiento obrero femenino en la República Soviética”:
“Todas ustedes saben que incluso cuando las mujeres gozan de plenos derechos, en la práctica siguen esclavizadas, porque todas las tareas domésticas pesan sobre ellas. En la mayoría de los casos las tareas domésticas son el trabajo más improductivo, más embrutecedor y más arduo que pueda hacer una mujer. Es un trabajo extraordinariamente mezquino y no incluye nada que de algún modo pueda contribuir al desarrollo de la mujer.
“En la prosecución del ideal socialista, queremos luchar por la realización total del socialismo, y se abre aquí un amplio campo de acción para la mujer. Realizamos ahora serios preparativos a fin de desbrozar el terreno para la construcción del socialismo, pero la construcción del socialismo comenzará sólo cuando hayamos logrado la completa igualdad de la mujer, y cuando acometamos las nuevas tareas junto con la mujer, que habrá sido liberada del trabajo mezquino, embrutecedor, improductivo”.
Vogel presenta equivocadamente a Lenin como una voz solitaria clamando en el desierto e implica que el principal obstáculo para superar la opresión de la mujer en los primeros años de la Rusia soviética era ideológico: las generalizadas actitudes patriarcales entre los hombres de la clase obrera y el campesinado combinadas con una supuesta indiferencia por la liberación de la mujer entre los cuadros, mayoritariamente varones, del Partido Bolchevique. Vogel escribe:
“Los señalamientos de Lenin respecto al machismo nunca tomaron forma programática, y la campaña contra el atraso ideológico masculino nunca pasó de ser un tema menor en la práctica bolchevique. Sin embargo, sus observaciones sobre el problema representaron una admisión extremadamente inusual de la seriedad del mismo... Las contribuciones teóricas de Lenin no lograron dejar una impresión duradera”.
De hecho, el gobierno soviético realizó enormes esfuerzos para aliviar a la mujer obrera de la carga del trabajo doméstico y la crianza de niños mediante el establecimiento de cocinas comunales, lavanderías, guarderías, etc. Tanto los bolcheviques como la Internacional Comunista establecieron departamentos especiales para el trabajo entre las mujeres. Durante los primeros años del estado obrero soviético, el Zhenotdel estuvo activo tanto en las regiones europeas como en las del Asia Central.
Los límites de las medidas liberadoras del gobierno comunista bajo V.I. Lenin y León Trotsky no fueron ideológicos, sino producto de condiciones objetivas: la pobreza de recursos materiales, agravada por años de guerra imperialista y guerra civil. En un ensayo de 1923 titulado “De la vieja a la nueva familia”, incluido en la compilación de 1924 Problemas de la vida cotidiana (una obra que Vogel no menciona siquiera), Trotsky explicó:
“En principio, la preparación material de las condiciones para un nuevo modo de vida y una nueva familia no puede separarse tampoco del trabajo de la construcción socialista. El estado de los trabajadores necesita mayor prosperidad con el fin de que le sea posible tomar seriamente en sus manos la educación pública de los niños y aliviar asimismo a la familia de los cuidados de la limpieza y la cocina. La socialización de la familia, del manejo de la casa y de la educación de los niños no será posible sin una notable mejoría de toda nuestra economía. Necesitamos una mayor proporción de formas económicas socialistas. Sólo bajo tales condiciones, podremos liberar a la familia de las funciones y cuidados que actualmente la oprimen y desintegran. El lavado debe estar a cargo de una lavandería pública, la alimentación a cargo de comedores públicos, la confección del vestido debe realizarse en los talleres. Los niños deben ser educados por excelentes maestros pagados por el estado y que tengan una real vocación para su trabajo”.
La escasez material fue fuente de otro ámbito importante de desigualdad entre los hombres y las mujeres en los primeros años de la Rusia soviética (y por extensión en todo estado obrero económicamente atrasado). Se trata de la escasez de la mano de obra altamente calificada que requiere conocimientos y capacidades técnicas avanzados. A los obreros industriales calificados y los miembros de la intelectualidad técnica (ingenieros, arquitectos, etc.) había que pagarles salarios más altos que a los obreros no calificados, aunque la diferencia era mucho menor que en los países capitalistas. Este sector mejor pagado de la fuerza de trabajo, heredado del pequeño sector capitalista moderno de la Rusia zarista, era predominantemente masculino. Aunque se hicieron esfuerzos dirigidos a corregir esto, al joven estado obrero le faltaban los recursos materiales para educar y entrenar a las mujeres para que se volvieran maquinistas e ingenieras en cantidades suficientes a fin de superar el predominio masculino del trabajo calificado.
El libro de Vogel concluye con una proyección de cómo será la transición al comunismo tras el derrocamiento del capitalismo:
“Ante la terrible realidad de la opresión de la mujer, los socialistas utópicos del siglo XIX llamaron por la abolición de la familia. Todavía hoy, su drástica exigencia sigue teniendo adeptos entre los socialistas. En cambio, el materialismo histórico plantea la difícil cuestión de reducir y redistribuir simultáneamente el trabajo doméstico conforme éste se va transformando en un componente integral de la producción social en la sociedad comunista. Así como en la transición socialista ‘el estado no es “abolido”, sino que se extingue’, así también el trabajo doméstico debe extinguirse. Por lo tanto, durante la transición al comunismo una administración adecuada del trabajo doméstico y el trabajo femenino será un problema clave de la sociedad socialista, pues sólo sobre esta base pueden establecerse y conservarse las condiciones económicas, políticas e ideológicas de la verdadera liberación de la mujer. En el proceso, la familia, en su forma histórica particular como una unidad social basada en el parentesco para la reproducción de fuerza de trabajo explotable en la sociedad de clases, también se extinguirá, y con ella tanto las relaciones familiares patriarcales como la opresión de la mujer” [énfasis en el original].
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2016.06.07 04:08 ShaunaDorothy El enfoque marxista de la liberación de la mujer - El comunismo y la familia ( 1 - 2 ) (Mayo de 2016)

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Espartaco No. 45 Mayo de 2016
En la Declaración de principios y algunos elementos de programa, la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) expone nuestra tarea de “construir partidos leninistas como secciones nacionales de una internacional centralista-democrática cuyo propósito es dirigir a la clase obrera a la victoria mediante revoluciones socialistas a través del mundo” (Spartacist [Edición en español] No. 29, agosto de 1998). Sólo mediante la toma del poder podrá el proletariado acabar con el capitalismo como sistema y abrir el camino hacia un mundo sin explotación ni opresión. Crucial para esta perspectiva es la lucha por la emancipación de la mujer, cuya opresión se remonta al comienzo de la propiedad privada y no podrá ser eliminada sin la abolición de la sociedad de clases.
La Declaración explica que nuestra meta en última instancia es la creación de una sociedad nueva, una sociedad comunista:
“La victoria del proletariado a escala mundial pondría una abundancia material inimaginable al servicio de las necesidades humanas, sentaría las bases para la eliminación de las clases sociales y la erradicación de la desigualdad social basada en el sexo, y la abolición misma del significado social de la raza, nacionalidad o etnia. Por primera vez, la humanidad tomará las riendas de la historia y controlará su propia creación, la sociedad, llevando a una emancipación jamás imaginada del potencial humano, y a una ola monumental de avance de la civilización. Sólo entonces será posible realizar el desarrollo libre de cada individuo como la condición para el desarro- llo libre de todos”.
La mayoría de las organizaciones que se hacían llamar marxistas solían aceptar la meta de una sociedad comunista, aunque no coincidieran en nada más. Pero desde el colapso de la Unión Soviética en 1991-1992 esto ya no es así. Sólo la LCI se adhiere a la perspectiva del comunismo mundial que expusieron por primera vez Karl Marx y Friedrich Engels.
Este clima ideológico de la “muerte del comunismo” ha llevado a que prevalezcan nociones falsas y estrechas de lo que es el marxismo. En la conciencia popular, el comunismo ha quedado reducido a la nivelación económica (igualdad en un nivel bajo de ingreso y de consumo) bajo la propiedad estatal de los recursos económicos. Por el contrario, la base material para el cumplimiento del programa marxista es la superación de la escasez económica mediante el aumento progresivo de la productividad del trabajo. Para realizarse plenamente, ello exige varias generaciones de desarrollo socialista basado en una economía colectivizada a escala mundial. Así, se desarrollará una sociedad en la que el estado (aparato coercitivo especial que defiende el orden de la clase dominante a través de destacamentos de hombres armados) se habrá extinguido, la filiación nacional habrá desaparecido y la institución de la familia —principal fuente de la opresión de la mujer— habrá sido remplazada por medios colectivos para cuidar y socializar a los niños y por la más amplia libertad en las relaciones sexuales.
El marxismo y la “naturaleza humana”
En el pasado, los intelectuales que consideraban semejante sociedad indeseable y/o imposible, no dejaban de reconocer que era eso lo que los marxistas llamaban comunismo. Por ejemplo, en El malestar en la cultura (1930), una exposición popular de su concepción del mundo, Sigmund Freud ofrece una breve crítica del comunismo. No hay evidencia de que haya estudiado las obras de Marx y Engels ni de que haya leído las de V.I. Lenin y otros líderes bolcheviques. Su comprensión (e incomprensión) del comunismo le era común a muchos intelectuales europeos y estadounidenses de su tiempo, independientemente de sus convicciones políticas.
Freud basaba su crítica del comunismo en el punto de vista de que “la tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del ser humano” y concluía que el proyecto comunista de una sociedad armoniosa contravenía la naturaleza humana:
“No me concierne la crítica económica del sistema comunista; no me es posible investigar si la abolición de la propiedad privada es oportuna y conveniente; pero, en cambio, puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica. Es verdad que al abolir la propiedad privada se sustrae a la agresividad humana uno de sus instrumentos, sin duda uno muy fuerte, pero de ningún modo el más fuerte de todos. Sin embargo, nada se habrá modificado con ello en las diferencias de poderío y de influencia que la agresividad aprovecha para sus propósitos; tampoco se habrá cambiado la esencia de ésta... Si se eliminara el derecho personal a poseer bienes materiales, aún subsistirían los privilegios derivados de las relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante. Si también se aboliera este privilegio, decretando la completa libertad de la vida sexual, suprimiendo, pues, la familia, célula germinal de la cultura, entonces, es verdad, sería imposible predecir qué nuevos caminos seguiría la evolución de ésta; pero cualesquiera que ellos fueren, podemos aceptar que las inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana tampoco dejarían de seguirlos”.
Freud entendía correctamente que en la visión comunista de la sociedad futura la familia se habrá extinguido y habrá una “completa libertad de la vida sexual”. La visión de Freud era incorrecta en tanto que los marxistas reconocen que la familia no puede simplemente abolirse; sus funciones necesarias, especialmente la crianza de la siguiente generación, deben ser remplazadas por medios socializados de cuidado infantil y trabajo doméstico.
Si bien Freud ya no tiene la autoridad ideológica que solía tener, la idea de que la “naturaleza humana” hace imposible un mundo comunista sigue siendo común, aunque los argumentos específicos puedan diferir. Los marxistas, en cambio, insistimos en que es la escasez material lo que da lugar a las salvajes reyertas por los recursos escasos. Es por ello que el comunismo es concebible sólo con un nivel sin precedentes de abundancia material, acompañado de un inmenso salto en el nivel cultural de la sociedad. Es la existencia de las clases, actualmente en la forma de un orden capitalista-imperialista obsoleto, lo que infesta a la sociedad humana con brutalidad y violencia. Como escribió el autor marxista Isaac Deutscher en “Sobre el hombre socialista” (1966): “utilizan el homo homini lupus [el hombre es el lobo del hombre] como grito de guerra contra el progreso y el socialismo y agitan al espantajo del eterno lupus humano en provecho del verdadero y sanguinario lupus del imperialismo contemporáneo”.
Para Freud, la “agresión innata” de las relaciones sexuales era el problema con la naturaleza humana. ¿Cuál es la realidad? La patología social asociada a lo que Freud percibía como rivalidad sexual tendría poca razón de ser en una sociedad comunal plenamente libre en la que la vida sexual fuera independiente del acceso al alimento, la vivienda, la educación y demás necesidades y comodidades cotidianas. Cuando la familia se haya extinguido junto con las clases y el estado, la crianza comunal que la remplace llevará a una nueva sicología y cultura entre la gente que crezca en esas condiciones. Los valores sociales patriarcales —“mi” mujer, “mis” hijos— se desvanecerán junto con el sistema opresivo que los genera. La relación de los niños entre sí y con las personas que les enseñan y guían serán multilaterales, complejas y dinámicas. Es la institución de la familia lo que ata al sexo y al amor a la propiedad, con todo lo que salga de la camisa de fuerza de la monogamia heterosexual considerado “pecado”.
La familia bajo el capitalismo es el principal mecanismo de la opresión de la mujer y de la juventud, atada por innumerables lazos interrelacionados con las operaciones básicas de la economía de “libre mercado”. La familia, el estado y la religión organizada conforman un tripié de opresión en el que se sostiene el orden capitalista. En los países del Tercer Mundo, el atraso y la pobreza arraigados, promovidos por la dominación imperialista, conducen a prácticas horriblemente opresivas como el velo, el precio de la novia y la mutilación genital femenina.
En las sociedades capitalistas avanzadas, como la estadounidense, podría pensarse que la gente lleva una vida complicada, más parecida a las presentadas en programas de televisión como Modern Family o Transparent que a la comedia de los años cincuenta Papá lo sabe todo. Sin embargo, las decisiones personales de la gente están constreñidas por la ley, la economía y los prejuicios de la sociedad de clases; esto es especialmente cierto en el caso de la clase obrera y los pobres. Remplazar la familia por instituciones colectivas es el aspecto más radical del programa comunista, y el que traerá los cambios más profundos y drásticos en la vida cotidiana, incluida la de los niños.
Nuestros oponentes en la izquierda y la cacería de brujas antisexo
En la actualidad, la visión de una sociedad sin la institución opresiva de la familia ya no puede hallarse en la gran mayoría de los que dicen estar por el marxismo, el socialismo o la liberación de la mujer. Hace ya décadas que los estalinistas, con su dogma antimarxista del “socialismo en un solo país”, renunciaron al entendimiento de que era necesaria una sociedad socialista global para conseguir la plena liberación humana, incluyendo la de la mujer. Una consecuencia de ello fue la rehabilitación estalinista de la opresiva familia como un pilar “socialista”. En “La Revolución Rusa y la emancipación de la mujer” (Spartacist [Edición en español] No. 34, noviembre de 2006), tratamos esta cuestión a profundidad.
Hoy, otros supuestos marxistas, entre ellos algunos que afirman ser trotskistas, simplemente siguen la doctrina feminista liberal (burguesa) prevaleciente en cuanto a la liberación de la mujer, apoyando implícitamente a las instituciones de la familia y el estado burgués. Un ejemplo de ello lo dan las reacciones histéricas de nuestros oponentes ante nuestra defensa de los derechos de la North American Man/Boy Love Association (Asociación Norteamericana de Amor entre Hombres y Muchachos, NAMBLA), que está por la legalización del sexo consensual entre hombres y muchachos, así como de otros perseguidos por su “depravación” sexual. La LCI se ha opuesto consistentemente a la intervención del gobierno en la vida privada y exige derogar todas las leyes contra los “crímenes sin víctimas” consensuales, como la prostitución, el consumo de drogas y la pornografía.
Los aullidos de muchos radicales y feministas contra NAMBLA expresan los “valores familiares” que impulsan los políticos e ideólogos burgueses. Durante décadas, la reacción antisexo patrocinada por el gobierno ha tomado varias formas: el prejuicio fanático antigay, una cacería de brujas contra los trabajadores de las guarderías, la prohibición de que se distribuyan entre adolescentes anticonceptivos e información sobre el control de la natalidad, y el encarcelamiento de “desviados”. Este asalto reaccionario estuvo acompañado por terrorismo extralegal, como las bombas en las clínicas de aborto. Gran parte de esta persecución busca fortalecer al estado burgués en su regulación de la población y difundir el pánico como una distracción de la verdadera brutalidad de la vida en esta sociedad retorcida, cruel, prejuiciosa y racista.
En artículos anteriores, hemos explorado algunas de las ambigüedades de la sexualidad en una sociedad donde las deformidades de la desigualdad de clase y de la opresión racial y sexual pueden producir mucho sufrimiento personal y cosas desagradables. Hemos afirmado que, mientras que el abuso infantil es un crimen horrendo y cruel, muchos encuentros sexuales ilegales son totalmente consensuales y no producen por sí mismos ningún daño. La mezcolanza deliberada de todo lo que vaya desde las caricias mutuas entre hermanos hasta la violación horrenda de un niño pequeño por parte de un adulto crea un clima social de histeria antisexo en el que los perpetradores de la violencia real contra los niños a menudo quedan impunes. Hemos señalado que las proclividades sexuales de las especies gregarias de mamíferos como el Homo sapiens claramente no encajan en la rígida monogamia heterosexual decretada por la moral burguesa.
Como medida básica de defensa frente a la persecución estatal de los jóvenes que quieren tener sexo (así sea sexting), nos oponemos a las reaccionarias leyes de la “edad de consentimiento”, con las que el estado decreta cierta edad arbitraria a partir de la cual permite el sexo, sin importarle que dicha edad cambie con el tiempo y varíe de un estado a otro en EE.UU. Al tratar esas cuestiones, nos ubicamos firmemente en oposición al estado capitalista y todos sus esfuerzos por reforzar y sostener el orden burgués explotador. Ésa es la aplicación, bajo las actuales circunstancias, de nuestra meta de la libertad sexual para todos, incluyendo a los niños y los adolescentes, en un futuro comunista. Esto tiene una importancia particular para los jóvenes adultos, de los que se espera que pasen los años que siguen a la pubertad bajo el yugo de la dependencia de sus padres. Llamamos por estipendios plenos para todos los estudiantes como parte de nuestro programa por una educación gratuita y de calidad para todos, para que los jóvenes puedan ser genuinamente independientes de sus familias.
Por el contrario, la International Socialist Organization (ISO, Organización Socialista Internacional) se niega a llamar por la abolición de las leyes de la edad de consentimiento actuales. En un artículo titulado “Youth, Sexuality and the Left” [La juventud, la sexualidad y la izquierda], la dirigente de la ISO Sherry Wolf blande su pica contra el partidario de NAMBLA David Thorstad por ser “el más ardiente y añejo defensor de la pederastia en la izquierda” (socialistworker.org, 2 de marzo de 2010). Wolf cita su propio libro Sexuality and Socialism: History, Politics and Theory of LGBT Liberation (Sexualidad y socialismo: Historia, política y teoría de la liberación LGBT, Haymarket Books, 2009): “Un consentimiento genuino, libre de la desigualdad de poder, no puede dárselo un niño a un hombre de 30”. El artículo de Wolf continúa: “En nuestra sociedad, las relaciones entre adultos y niños no son las de individuos iguales en lo emocional, lo físico, lo social ni lo económico. Los niños y los púberes no tienen la madurez, la experiencia ni el poder para tomar decisiones realmente libres respecto a sus relaciones con adultos. Sin eso, no puede haber consentimiento genuino”.
¿“Decisiones realmente libres”? Pocas relaciones entre adultos cumplirían con esta definición de consentimiento. En los hechos, Wolf pone a los jóvenes menores de 18 años y a sus parejas a merced del estado burgués. El único principio guía para toda relación sexual debería ser el consentimiento efectivo —es decir, el acuerdo y entendimiento mutuo entre todas las partes involucradas— independientemente de la edad, el género o la preferencia sexual.
El que la ISO abandone a los jóvenes al opresivo status quo sexual refleja su acomodación a los prejuicios del orden capitalista y las actitudes atrasadas de la población en general. En última instancia, viene de la vieja oposición de la ISO a toda perspectiva de movilización revolucionaria de la clase obrera hacia la toma del poder y la creación de un estado obrero —la dictadura del proletariado— que abra el camino hacia una sociedad comunista. Para la ISO, el socialismo es más o menos la aplicación acumulada de la “democracia” a todos los sectores oprimidos, entre los cuales la clase obrera es simplemente uno más. La ISO procura presionar a los capitalistas para que reformen su sistema de explotación. Su perspectiva de la liberación de la mujer refleja la misma fe conmovedora en las fuerzas de la reforma.
Por qué los marxistas no somos feministas
Cosa interesante, en los últimos años la ISO ha estado discutiendo en las páginas de su periódico, el Socialist Worker, acerca de las teorías sobre la liberación de la mujer. Parece ser que su motivación es el deseo de abandonar su postura anterior de oposición al feminismo como una ideología burguesa, para poder adoptar activamente la etiqueta de feminista o “feminista socialista”. Por ejemplo, en una charla de la conferencia Social-ism de la ISO en 2013 (publicada en “Marxism, Feminism and the Fight for Liberation” [Marxismo, feminismo y la lucha por la liberación], socialistworker.org, 10 de julio de 2013), Abbie Bakan sugirió: “La afirmación teórica de que hay bases para un enfoque marxista coherente que esté por la ‘liberación de la mujer’, pero contra el ‘feminismo’, carece de sentido”. (Hasta marzo de ese año, Bakan había sido una destacada partidaria de los International Socialists [Socialistas Internacionales] de Canadá, primos políticos de la ISO.)
La reciente adopción teórica explícita por parte de la ISO del “feminismo socialista” no es más que otra cubierta para el mismo contenido liberal. Sin embargo, nos ofrece la oportunidad de reafirmar la vieja posición marxista respecto a la familia y enfatizar que la emancipación de la mujer es fundamental para la revolución socialista e inseparable de ella. Contra lo que dice la ideología feminista, la plena igualdad legal no basta para superar la opresión de la mujer, que está profundamente enraizada en la familia y la propiedad privada.
Como siempre hemos enfatizado, marxismo y feminismo son viejos enemigos políticos. Eso requiere una explicación. En Estados Unidos y otros lugares se ha vuelto común aplicar el término “feminista” a quienes piensan que hombres y mujeres deberían ser iguales. Sin embargo, al lidiar con la desigualdad, el feminismo acepta los confines de la sociedad capitalista existente. Como ideología, el feminismo nació a finales del siglo XIX, reflejando las aspiraciones de una capa de mujeres burguesas y pequeñoburguesas que reclamaban sus prerrogativas de clase: derecho a la propiedad y a la herencia, acceso a la educación y las profesiones, y derecho al voto. Los marxistas buscamos mucho más que esta limitada idea de “igualdad de género”.
Los marxistas reconocemos que la liberación de la mujer no puede ocurrir sin la liberación de toda la raza humana de la explotación y la opresión: ése es nuestro fin. Hace bastante más de un siglo August Bebel, el dirigente histórico del Partido Socialdemócrata de Alemania, lo explicó claramente en su libro La mujer y el socialismo (1879), un clásico marxista. Reeditada varias veces, esta obra fue leída por millones de obreros de distintas generaciones antes de la Primera Guerra Mundial. La riqueza de su visión de la emancipación de la mujer no puede hallarse en ninguno de los escritos de la ISO al respecto:
“[La mujer] elegirá para su actividad los terrenos que correspondan a sus deseos, inclinaciones y disposiciones y trabajará en las mismas condiciones que el hombre. Lo mismo que todavía será obrera práctica en cualquier oficio, durante otra parte del día será educadora, maestra, enfermera, y durante otra parte ejercitará cualquier arte o ciencia y cumplirá en una cuarta parte cualquier función administrativa”.
—La mujer y el socialismo (Ediciones de Cultura Popular, 1978)
Lo que es especialmente significativo de la descripción que hace Bebel de la naturaleza emancipadora del trabajo en la sociedad socialista es que se aplica igualmente a los hombres. Eso apunta al núcleo del motivo por el que marxismo y feminismo son mutuamente excluyentes y de hecho antagónicos. Los feministas consideran que la división básica de la sociedad es entre hombres y mujeres, mientras que los socialistas reconocemos que los obreros de ambos sexos deben luchar juntos para acabar con la opresión y la explotación que sufren por parte de la clase capitalista.
Marx desvirtuado
En su giro teórico a favor del “feminismo socialista”, la ISO está promoviendo el libro Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory (Marxismo y la opresión de la mujer: Hacia una teoría unitaria, Haymarket Books, 2013) de Lise Vogel. Publicado originalmente en 1983, el libro se reeditó como parte de la serie Historical Materialism con una introducción encomiástica de dos académicos canadienses partidarios del ultrarreformista New Socialist Group (Nuevo Grupo Socialista). Incluso hace 30 años, el medio “feminista socialista” al que se dirige Vogel ya se había disuelto en la nada. Pero, dado que Vogel pretende representar un polo marxista dentro del movimiento o corriente intelectual “socialfeminista”, hoy a la ISO le cuadra promover su libro.
En la sección introductoria del libro, Vogel se deslinda ecuánimemente tanto de los feministas no marxistas como de los marxistas no feministas. Se fija como su tarea principal analizar el carácter de la opresión de la mujer dentro de la estructura y dinámica del sistema económico capitalista. Su tratamiento de Marx y Engels es confuso, contradictorio y rimbombante. Se enfoca principalmente en la relación entre el trabajo doméstico y la reproducción generacional de la fuerza de trabajo. Para Vogel, la opresión de la mujer se reduce estrechamente al trabajo doméstico (no pagado). Afirmando explícitamente que “la categoría de ‘la familia’...es insuficiente como punto de partida analítico”, Vogel pasa por alto las cuestiones más amplias del papel de la familia en la opresión de la mujer y los niños y su importancia como sostén clave del orden capitalista. La familia sirve para atomizar a la clase obrera y propagar el individualismo burgués como barrera a la solidaridad de clase.
Su concepción estrecha de la opresión de la mujer no impide a Vogel calumniar a Engels como “determinista económico”. Simplemente deja de lado los aspectos culturales y sociales incluidos en la riqueza de los argumentos que Engels presenta en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884). Para tomar un ejemplo, Vogel se queja de que Engels “no vincula claramente el desarrollo de una esfera especial relacionada a la reproducción de la fuerza de trabajo con el surgimiento de la sociedad de clases o quizá la sociedad capitalista”. Aparentemente, esto significa que Engels no muestra cómo el surgimiento de la sociedad de clases llegó a pesar sobre el papel de la mujer en la crianza de los hijos. Esto simplemente no es verdad.
En El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Engels describe cómo la familia se originó en el neolítico cuando la sociedad se dividió en clases por vez primera. Apoyándose en la información disponible en aquella época, Engels se basó mucho en el trabajo pionero de Lewis Henry Morgan entre los iroqueses del norte del estado de Nueva York para entender las sociedades primitivas sin clases. Engels describió cómo la invención de la agricultura creó un excedente social que permitió, por primera vez, el desarrollo de una clase dominante ociosa que vivía del trabajo ajeno. La familia, específicamente la monogamia de la mujer, fue necesaria para asegurar la transmisión ordenada de la propiedad y el poder a los herederos del patriarca, la siguiente generación de la clase dominante. Si bien es mucho lo que se ha descubierto sobre las primeras etapas de la sociedad humana desde tiempos de Engels, su entendimiento fundamental ha resistido la prueba del tiempo.
Vogel no analiza la función social de la familia para la clase obrera bajo el capitalismo, donde sirve para criar a la siguiente generación de esclavos asalariados. En El capital, Marx explicó que el costo de la fuerza de trabajo está determinado por el costo de manutención y reproducción del obrero: sus gastos cotidianos, su capacitación y el sostén de su pareja y sus hijos. Para aumentar la ganancia, los capitalistas buscan bajar el costo del trabajo: no sólo de los salarios que pagan a los bolsillos de los obreros, sino también de los servicios como la educación y la salud públicas, que son necesarios para la manutención del proletariado.
El feminismo a veces critica algunos aspectos de la familia, pero en general sólo para quejarse de los “roles de género”, como si el problema fuera una discusión sobre el estilo de vida respecto a quién debe lavar los platos o darle al bebé su mamila. El problema es la institución de la familia, que integra a la gente a la sociedad desde la infancia de manera que acate ciertas normas, respete a la autoridad y desarrolle los hábitos de obediencia y deferencia que son tan útiles a la obtención de ganancias por parte de los capitalistas. La familia le es invaluable a la burguesía como reserva de pequeña propiedad privada y en algunos casos de pequeña producción, operando como freno ideológico a la conciencia social. Vogel pasa por alto estas cuestiones y se enfoca estrictamente en el “trabajo doméstico” no pagado de la mujer.
El fin último
La posición de Vogel es incluso más débil en lo que toca al fin último de la liberación de la mujer. Esto se ve especialmente en lo que no dice. Vogel divorcia la emancipación de la mujer de la superación de la escasez económica y del remplazo del trabajo enajenado —tanto en la fábrica como en el hogar— por el trabajo creativo y gratificante. Tanto el fin último de una sociedad comunista como los medios básicos para lograrlo quedan fuera de los confines intelectuales del “feminismo socialista” de Vogel.
Cuando Marx y Engels explicaron que suscribían un entendimiento materialista de la sociedad y del cambio social, no se referían sólo al capitalismo y las sociedades de clase anteriores (como el feudalismo). También proporcionaron un entendimiento materialista de la futura sociedad sin clases. De hecho, ésa era su diferencia fundamental con las principales corrientes socialistas de principios del siglo XIX —los owenistas, fourieristas y saint-simonianos— como las resumió Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico (originalmente parte de su polémica de 1878, Anti-Dühring). Marx y Engels reconocían que una sociedad socialista —entendida como la etapa inicial del comunismo— requeriría un nivel de productividad del trabajo muy superior incluso a la de los países capitalistas más avanzados de hoy. Esto se logrará mediante una expansión continua del conocimiento científico y su aplicación tecnológica.
Vogel no comparte esa concepción. Esto queda particularmente claro en su análisis de los primeros años de la Rusia soviética. Expresando un gran aprecio del entendimiento que tenía Lenin de la opresión de la mujer y de su compromiso por superarla, cita con aprobación un discurso de 1919, “Las tareas del movimiento obrero femenino en la República Soviética”:
“Todas ustedes saben que incluso cuando las mujeres gozan de plenos derechos, en la práctica siguen esclavizadas, porque todas las tareas domésticas pesan sobre ellas. En la mayoría de los casos las tareas domésticas son el trabajo más improductivo, más embrutecedor y más arduo que pueda hacer una mujer. Es un trabajo extraordinariamente mezquino y no incluye nada que de algún modo pueda contribuir al desarrollo de la mujer.
“En la prosecución del ideal socialista, queremos luchar por la realización total del socialismo, y se abre aquí un amplio campo de acción para la mujer. Realizamos ahora serios preparativos a fin de desbrozar el terreno para la construcción del socialismo, pero la construcción del socialismo comenzará sólo cuando hayamos logrado la completa igualdad de la mujer, y cuando acometamos las nuevas tareas junto con la mujer, que habrá sido liberada del trabajo mezquino, embrutecedor, improductivo”.
Vogel presenta equivocadamente a Lenin como una voz solitaria clamando en el desierto e implica que el principal obstáculo para superar la opresión de la mujer en los primeros años de la Rusia soviética era ideológico: las generalizadas actitudes patriarcales entre los hombres de la clase obrera y el campesinado combinadas con una supuesta indiferencia por la liberación de la mujer entre los cuadros, mayoritariamente varones, del Partido Bolchevique. Vogel escribe:
“Los señalamientos de Lenin respecto al machismo nunca tomaron forma programática, y la campaña contra el atraso ideológico masculino nunca pasó de ser un tema menor en la práctica bolchevique. Sin embargo, sus observaciones sobre el problema representaron una admisión extremadamente inusual de la seriedad del mismo... Las contribuciones teóricas de Lenin no lograron dejar una impresión duradera”.
De hecho, el gobierno soviético realizó enormes esfuerzos para aliviar a la mujer obrera de la carga del trabajo doméstico y la crianza de niños mediante el establecimiento de cocinas comunales, lavanderías, guarderías, etc. Tanto los bolcheviques como la Internacional Comunista establecieron departamentos especiales para el trabajo entre las mujeres. Durante los primeros años del estado obrero soviético, el Zhenotdel estuvo activo tanto en las regiones europeas como en las del Asia Central.
Los límites de las medidas liberadoras del gobierno comunista bajo V.I. Lenin y León Trotsky no fueron ideológicos, sino producto de condiciones objetivas: la pobreza de recursos materiales, agravada por años de guerra imperialista y guerra civil. En un ensayo de 1923 titulado “De la vieja a la nueva familia”, incluido en la compilación de 1924 Problemas de la vida cotidiana (una obra que Vogel no menciona siquiera), Trotsky explicó:
“En principio, la preparación material de las condiciones para un nuevo modo de vida y una nueva familia no puede separarse tampoco del trabajo de la construcción socialista. El estado de los trabajadores necesita mayor prosperidad con el fin de que le sea posible tomar seriamente en sus manos la educación pública de los niños y aliviar asimismo a la familia de los cuidados de la limpieza y la cocina. La socialización de la familia, del manejo de la casa y de la educación de los niños no será posible sin una notable mejoría de toda nuestra economía. Necesitamos una mayor proporción de formas económicas socialistas. Sólo bajo tales condiciones, podremos liberar a la familia de las funciones y cuidados que actualmente la oprimen y desintegran. El lavado debe estar a cargo de una lavandería pública, la alimentación a cargo de comedores públicos, la confección del vestido debe realizarse en los talleres. Los niños deben ser educados por excelentes maestros pagados por el estado y que tengan una real vocación para su trabajo”.
La escasez material fue fuente de otro ámbito importante de desigualdad entre los hombres y las mujeres en los primeros años de la Rusia soviética (y por extensión en todo estado obrero económicamente atrasado). Se trata de la escasez de la mano de obra altamente calificada que requiere conocimientos y capacidades técnicas avanzados. A los obreros industriales calificados y los miembros de la intelectualidad técnica (ingenieros, arquitectos, etc.) había que pagarles salarios más altos que a los obreros no calificados, aunque la diferencia era mucho menor que en los países capitalistas. Este sector mejor pagado de la fuerza de trabajo, heredado del pequeño sector capitalista moderno de la Rusia zarista, era predominantemente masculino. Aunque se hicieron esfuerzos dirigidos a corregir esto, al joven estado obrero le faltaban los recursos materiales para educar y entrenar a las mujeres para que se volvieran maquinistas e ingenieras en cantidades suficientes a fin de superar el predominio masculino del trabajo calificado.
El libro de Vogel concluye con una proyección de cómo será la transición al comunismo tras el derrocamiento del capitalismo:
“Ante la terrible realidad de la opresión de la mujer, los socialistas utópicos del siglo XIX llamaron por la abolición de la familia. Todavía hoy, su drástica exigencia sigue teniendo adeptos entre los socialistas. En cambio, el materialismo histórico plantea la difícil cuestión de reducir y redistribuir simultáneamente el trabajo doméstico conforme éste se va transformando en un componente integral de la producción social en la sociedad comunista. Así como en la transición socialista ‘el estado no es “abolido”, sino que se extingue’, así también el trabajo doméstico debe extinguirse. Por lo tanto, durante la transición al comunismo una administración adecuada del trabajo doméstico y el trabajo femenino será un problema clave de la sociedad socialista, pues sólo sobre esta base pueden establecerse y conservarse las condiciones económicas, políticas e ideológicas de la verdadera liberación de la mujer. En el proceso, la familia, en su forma histórica particular como una unidad social basada en el parentesco para la reproducción de fuerza de trabajo explotable en la sociedad de clases, también se extinguirá, y con ella tanto las relaciones familiares patriarcales como la opresión de la mujer” [énfasis en el original].
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2016.06.07 03:37 ShaunaDorothy Notas críticas sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético (Noviembre de 2015)

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Espartaco No. 44 Noviembre de 2015
Notas críticas sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético
Por Joseph Seymour
A continuación publicamos, ligeramente editado, un documento de Joseph Seymour, miembro del Comité Central de la Spartacist League. El documento, fechado el 14 de marzo de 2009, fue una contribución a las discusiones y debates que precedieron a la XIII Conferencia Nacional de la Spartacist League/U.S., sección de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista), ese mismo año y se publicó originalmente en Workers Vanguard No. 949 (1° de enero de 2010).
En el pleno de nuestro Comité Ejecutivo Internacional, celebrado a principios de 2008, hubo una discusión y, creo, diferencias incipientes en torno al contenido del término “muerte del comunismo”, lo cual es clave para entender las condiciones político-ideológicas del mundo postsoviético. En ese entonces, yo argumenté:
“Una cuestión importante al discutir el trabajo en Sudáfrica y México...es si estos países —se ha mencionado a China y Grecia— son una excepción a lo que hemos llamado el ‘retroceso en la conciencia’ y la ideología de la ‘muerte del comunismo’, y en qué sentido lo son. Pero el concepto de excepción implica una norma. Así que, ¿cuál es esa norma? La abrumadora mayoría de nuestra tendencia se ubica en los países capitalistas-imperialistas avanzados de Europa Occidental y Norteamérica... Es aquí donde todos los días, de manera generalizada, encontramos la ideología de la ‘muerte del comunismo’. Y creo que esto ha determinado un cierto entendimiento parcial y deformado de las delineaciones y divisiones políticas radicalmente modificadas en todo el mundo.
“Casi cada vez que usamos el término ‘muerte del comunismo’ lo vinculamos al triunfalismo burgués. No nos referimos al triunfalismo de la burguesía de la India, Egipto o Brasil. Nos referimos al triunfalismo de la burguesía imperialista occidental, principalmente la estadounidense. Pero el escepticismo respecto a la posibilidad de una sociedad comunista internacional futura —y esto es el núcleo de la ‘muerte del comunismo’— en los países del Tercer Mundo no puede identificarse con el triunfalismo y la dominación del imperialismo estadounidense. Más bien, nos encontramos con un ascenso, bastante significativo y con amplias bases de apoyo, de movimientos político-ideológicos que se presentan como oponentes del triunfalismo imperialista estadounidense. El ejemplo más obvio es, claro, el populismo nacionalista latinoamericano ejemplificado por Hugo Chávez. Pero también encontramos el mismo fenómeno en un sentido muy derechista, que es el ascenso del fundamentalismo islámico antioccidental en los países del Medio Oriente. Osama bin Laden, Hugo Chávez, Tony Blair, Bill Clinton: todos ellos representan la ‘muerte del comunismo’ de diversos modos y en diversos contextos nacionales”.
El núcleo de la “muerte del comunismo” es precisamente ése: un escepticismo respecto a la posibilidad de una civilización comunista global en el sentido marxista. Eso es un terreno común básico que comparten diversas tendencias políticas que a veces tienen actitudes fuertemente hostiles al imperialismo occidental, la democracia parlamentaria, la economía capitalista de mercado y otras cuestiones controvertidas (como la degradación ambiental), que separan a la izquierda de la derecha en el sentido convencional de estos términos.
Para asegurarme de que todos tenemos un entendimiento común de los términos, voy a reafirmar brevemente las principales características que tendría una sociedad plenamente comunista a escala global. La escasez económica ha sido superada, por lo que ha podido eliminarse el trabajo asalariado (“de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”). El trabajo enajenado ha sido remplazado por trabajo creativo, científico y cultural (Marx alguna vez usó la composición musical como ejemplo de esto). El estado se ha extinguido de manera que, en palabras de Engels, el gobierno sobre los hombres ha dado paso a la administración de las cosas. Las afiliaciones racial, nacional y étnica han desaparecido mediante una extensa procreación interétnica y la movilidad global (“el género humano es la Internacional”). La familia ha sido remplazada por instituciones colectivas para el trabajo doméstico, la crianza y la socialización de los niños.
La abrumadora mayoría de quienes se consideran izquierdistas y pasan de los 40 o 50 años, consideran que una sociedad futura como la que describí es utópica. La abrumadora mayoría de los izquierdistas más jóvenes, representados, por ejemplo, por el medio de los “foros sociales”, para todo propósito práctico desconocen el concepto marxista de la civilización comunista global y son indiferentes a él. Sus preocupaciones son defensivas y minimalistas: apoyar los derechos democráticos de los pueblos oprimidos (por ejemplo, los palestinos), detener el desmantelamiento del “estado del bienestar” en Europa Occidental o impedir que el medio ambiente se siga degradando (calentamiento global).
Voy a replantear mi argumento haciendo referencia a El estado y la revolución de Lenin. Cuando esta obra se publicó en 1918 y en las décadas subsecuentes, la principal diferencia entre los marxistas revolucionarios y las demás tendencias de izquierda tenía que ver con el tema que se discute en el capítulo I (“La sociedad de clases y el estado”). Ahí, Lenin afirma concisamente:
“La doctrina de Marx y Engels sobre la ineluctabilidad de la revolución violenta se refiere al estado burgués. Éste no puede ser sustituido por el estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la ‘extinción’, sino sólo, como regla general, mediante la revolución violenta” [énfasis en el original].
En el periodo postsoviético, la diferencia más fundamental entre nosotros y las demás tendencias de la izquierda tiene que ver con el tema que se discute en el capítulo V (“Las bases económicas de la extinción del estado”) y que se explica concisamente en el siguiente pasaje:
“La base económica de la extinción completa del estado significa un desarrollo tan elevado del comunismo que en él desaparece la oposición entre el trabajo intelectual y el manual. En consecuencia, deja de existir una de las fuentes más importantes de la desigualdad social contemporánea, una fuente que en modo alguno puede ser suprimida de golpe por el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas.
“Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y al ver cómo retrasa el capitalismo ya hoy, de modo increíble, este desarrollo y cuánto podríamos avanzar sobre la base de la técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir con la mayor certidumbre que la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana” [énfasis en el original].
La generación postsoviética de activistas de izquierda no puede entender fácilmente las ideas expuestas arriba porque no ha pensado en ellas.
El triunfalismo del imperialismo estadounidense no es el problema
Si bien la claridad sobre la cuestión de la “muerte del comunismo” no bastará para resolver nuestros problemas, la continua confusión a este respecto sí contribuirá a agravarlos. El no reconocer la diferencia más fundamental que nos separa del resto de la izquierda —el hecho de que no compartimos un mismo fin último— ha sido un importante factor subyacente en los recurrentes problemas políticos del partido.
Cuando aún era editor de Workers Vanguard, Jan Norden [actualmente del centrista Grupo Internacionalista] consideraba, de manera consciente y sistemática, que la “muerte del comunismo” era principalmente una expresión del triunfalismo del imperialismo estadounidense. De ahí que creyera que el levantamiento zapatista de los empobrecidos campesinos indígenas del sur de México en 1994 sería un poderoso contragolpe que debilitaría, al menos en América Latina, el efecto ideológico de la caída de la Unión Soviética. Desde que Norden desertó de nuestra organización en 1996, ha habido una tendencia en nuestro partido a amalgamar bajo el rubro de “retroceso en la conciencia” (un término que acuñé yo en la lucha contra Norden) el escepticismo respecto a la sociedad comunista futura, el triunfalismo imperialista occidental y el reformismo socialdemócrata tradicional. Algunos camaradas han argumentado que la principal diferencia que nos separa del resto de la izquierda versa sobre si el estado capitalista puede o no reformarse, como si estuviéramos en los tiempos de Lenin contra Kautsky en la secuela inmediata de la Revolución de Octubre.
Una formulación estándar tanto en nuestra literatura pública como en nuestro discurso interno es que el efecto de la “muerte del comunismo” ha sido internacionalmente “desigual”. El término “desigual” implica que el efecto puede medirse cuantitativamente en una escala lineal: muy alto en Estados Unidos y Francia, mucho más bajo en México y Sudáfrica. Como alguna vez fui estudiante de economía académica y después fui maestro, me imagino una gráfica de barras que mide y compara, por ejemplo, la producción nacional per cápita de distintos países. Pero el efecto diferencial que tuvo internacionalmente la “muerte del comunismo” no puede entenderse de ese modo. Lo que encontramos no son distintos niveles, sino distintas formas de la ideología postsoviética.
Tomemos por caso a Rusia. Al explicar el concepto de la “muerte del comunismo”, frecuentemente usamos la formulación de que la antigua Unión Soviética es considerada, en el mejor de los casos, un “experimento fallido”. Eso en general es cierto en Europa Occidental y Norteamérica. No es tan cierto en el Tercer Mundo. Y no es cierto en absoluto en Rusia. Todo lo contrario. El sector políticamente dominante de la nueva clase capitalista rusa, representado por Vladímir Putin, considera que la Unión Soviética fue el más exitoso de los experimentos, por decirlo así, de la construcción estatal centrada en Rusia. En 2005, Putin declaró que el colapso de la Unión Soviética había sido “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” (citado en Edward Lucas, The New Cold War: Putin’s Russia and the Threat to the West [La nueva Guerra Fría: La Rusia de Putin y la amenaza al Occidente, 2008]). Supongo que en toda la sociedad rusa está extendida una actitud similar respecto a la antigua URSS.
En los últimos años, el régimen de Putin y en general la élite rusa han querido restaurar la reputación histórica de Stalin como el gran líder de una potencia mundial dominada por Rusia en el siglo XX. El embajador ruso en la OTAN adorna su oficina con un retrato de Stalin. Un popular programa de televisión, “El nombre de Rusia”, ubicó a Stalin como uno de los cinco personajes históricos más grandes del país (Economist, 27 de noviembre de 2008). En 2007, una guía educativa de patrocinio oficial, Una historia moderna de Rusia, 1945-2006: Manual para el maestro, comparaba favorablemente a Stalin con Pedro el Grande: “Stalin siguió la lógica de Pedro el Grande: exigir lo imposible...para obtener lo máximo posible”. Luego continúa:
“Él [Stalin] es considerado uno de los líderes más exitosos de la URSS. El territorio del país llegó a los límites del viejo imperio ruso (y en algunas áreas lo sobrepasó). Se consiguió la victoria en una de las mayores guerras; la industrialización de la economía y la revolución cultural se llevaron a cabo con éxito, lo que produjo no sólo educación de masas, sino el mejor sistema educativo del mundo. La URSS llegó a ser uno de los países líderes en ciencias; el desempleo fue prácticamente derrotado”.
—citado en Lucas, The New Cold War
No precisamente la descripción de un “experimento fallido”.
En cierto modo nos es más difícil lidiar con la forma que la “muerte del comunismo” presenta en Rusia que la que tiene en Europa Occidental y Norteamérica. En estas últimas regiones, la antigua Unión Soviética todavía se identifica principalmente con el “socialismo”, no con el “imperialismo ruso”. Stalin se considera un discípulo de Marx y Engels y como tal en general se le condena. En Rusia, Stalin se considera el sucesor de Pedro el Grande y Catalina la Grande, y como tal se le ensalza. Para muchos rusos, el comunismo no ha muerto porque nunca estuvo vivo.
Incluso antes de que la severidad de la actual desaceleración económica mundial se volviera evidente el pasado otoño, el triunfalismo del “libre mercado” había dejado de ser una corriente importante en el clima de la opinión burguesa incluso en Estados Unidos. Hoy, hay voceros prominentes y respetados del capital financiero estadounidense, como el antiguo director de la Reserva Federal, Paul Volcker, que anuncian una desaceleración global profunda y prolongada. Las comparaciones con la Gran Depresión de los años 30 se han vuelto un lugar común. El alcalde tory [conservador] de Londres comentó que en estos días leer el Financial Times de esa ciudad es como frecuentar una secta suicida milenarista. Sin embargo, ninguna opinión burguesa actual se muestra preocupada por la posibilidad de revoluciones socialistas inminentes en ningún lado o la resurrección de partidos comunistas de masas que reivindiquen la tradición marxista-leninista.
De fines y medios: Un recorrido histórico
En la sección titulada “La fase superior de la sociedad comunista” del capítulo V de El estado y la revolución, Lenin escribió:
“Desde el punto de vista burgués, es fácil declarar ‘pura utopía’ semejante régimen social y burlarse diciendo que los socialistas prometen a todos el derecho a recibir de la sociedad, sin el menor control del trabajo realizado por cada ciudadano, la cantidad que deseen de trufas, automóviles, pianos, etc. Con estas burlas siguen saliendo del paso, incluso hoy, la mayoría de los ‘sabios’ burgueses, que demuestran así su ignorancia y su defensa interesada del capitalismo”.
Con el término “sabios burgueses”, Lenin se refería a los intelectuales que apoyaban y justificaban abiertamente el sistema económico capitalista. Lenin no incluía en esta categoría a los voceros ideológicos de la II Internacional (Socialista), como Karl Kautsky, que se consideraba a sí mismo un marxista ortodoxo.
Si para 1917-1918 los líderes del ala derecha de los partidos socialdemócratas de masas (como Friedrich Ebert en Alemania, Albert Thomas en Francia o Emile Vandervelde en Bélgica) seguían creyendo o no subjetivamente en una futura sociedad socialista es un asunto distinto. Lo más probable es que no. Pero ninguno de ellos repudió públicamente la meta tradicional del movimiento socialista como proyecto utópico.
Al principio de la Revolución Alemana, en noviembre de 1918, el centrista Partido Socialdemócrata Independiente puso una serie de condiciones (exigencias) a su participación en un gobierno de coalición con el Partido Socialdemócrata (SPD) sobre la base de los consejos de obreros y soldados que entonces existían. La primera de ellas era: “Alemania debe ser una república socialista”. A eso, la dirección del SPD respondió: “Esta exigencia es la meta de nuestra propia política. Sin embargo es el pueblo quien debe decidir esto a través de la asamblea constituyente” (citado en John Riddell, ed., The German Revolution and the Debate on Soviet Power: Documents, 1918-1919: Preparing the Founding Congress [La Revolución Alemana y el debate sobre el poder soviético: Documentos, 1918-1919: Preparando el congreso de fundación, 1986]). Al atacar la Revolución de Octubre y a la recién nacida Internacional Comunista, los líderes socialdemócratas condenaban principalmente la dictadura del proletariado como una violación de la democracia, que identificaban con un gobierno de tipo parlamentario elegido por sufragio universal e igual.
Aquí es útil revisar el libro Moscú bajo Lenin, unas memorias que escribiera a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta Alfred Rosmer, colega y amigo de Trotsky. Rosmer había sido anarquista y después uno de los principales intelectuales sindicalistas de Francia, antes de sumarse a la recién fundada Internacional Comunista. En estos recuerdos, Rosmer narra la reacción inicial que provocó El estado y la revolución de Lenin entre los socialdemócratas ortodoxos como Kautsky y Jean Longuet (el nieto de Marx) así como entre los anarquistas:
“Era un libro extraordinario y su destino fue singular: Lenin, marxista y socialdemócrata, era atacado por los teóricos de los partidos socialistas que invocaban el marxismo: ‘¡Eso no es marxismo!’ gritaban, es una mezcla de anarquismo, de blanquismo; ‘de blanquismo a la salsa tártara’, escribía uno de ellos para hacer una frase ingeniosa. Por el contrario, este blanquismo y su salsa eran para los revolucionarios situados fuera del marxismo ortodoxo, sindicalistas y anarquistas, una agradable revelación. Jamás un lenguaje semejante salía de las bocas de los marxistas que ellos conocían”.
Louis-Auguste Blanqui (1805-1881) fue el último de los grandes representantes de la tradición comunista jacobina originada con la Conspiración de los Iguales de Babeuf en los últimos días de la Revolución Francesa. La concepción babeufista del comunismo (desarrollada en una sociedad preindustrial) tenía que ver con la distribución y el consumo más que con la producción y la superación de la escasez económica. Sin embargo, al calificar a Lenin de “blanquista”, Kautsky, Longuet et al. no se referían a ese aspecto de la perspectiva jacobino-comunista. El “blanquismo” de Lenin era para ellos el derrocamiento insurreccional del estado capitalista organizado y dirigido por un partido revolucionario de vanguardia.
Como señala Rosmer, El estado y la revolución fue muy bien recibido entre varios anarquistas y sindicalistas, algunos de los cuales creyeron que Lenin se estaba moviendo del marxismo hacia el campo político de ellos. Sin embargo, los anarquistas más cultivados en cuestiones de doctrina entendieron que, si bien Lenin estaba de acuerdo con la necesidad de un derrocamiento insurreccional del estado burgués, todavía sostenía, e incluso enfatizaba, el programa marxista de la dictadura del proletariado como transición a una sociedad plenamente comunista. A este respecto, Rosmer cita a un anarquista alemán, Erich Mühsam, que, estando preso en 1919, escribió:
“Las tesis teóricas y prácticas de Lenin sobre la realización de la revolución y de las tareas comunistas del proletariado han dado a nuestra acción una nueva base... Ya no hay obstáculos insuperables para la unificación del proletariado revolucionario entero. Los anarquistas comunistas, ciertamente, han tenido que ceder en el punto de desacuerdo más importante entre las dos grandes tendencias del socialismo; han debido renunciar a la actitud negativa de Bakunin ante la dictadura del proletariado y rendirse en este punto a la opinión de Marx”.
Para Mühsam, el “desacuerdo” entre Bakunin y Marx respecto a la dictadura del proletariado tenía que ver con el medio de llegar a un fin último que ambos compartían: una sociedad igualitaria sin clases y sin estado.
Todos sabemos que en una polémica política las ideas y posiciones que no se discuten son, a su modo, tan importantes como las que se discuten. Uno no discute contra posiciones que el oponente no sostiene y especialmente donde hay un terreno común. Por ejemplo, al polemizar contra liberales negros o izquierdistas radicales en Estados Unidos, no refutamos la falsa noción que exponen algunos racistas de derecha de que los negros son “inferiores” a los blancos. En 1918-1920, Lenin y Trotsky escribieron sendos libros polémicos contra Kautsky. En ningún lado de La revolución proletaria y el renegado Kautsky como tampoco en Terrorismo y comunismo se argumenta contra la posición de que la sociedad comunista en el sentido marxista sea algo utópico, pues Kautsky no defendía tal posición.
Adelantémonos hasta finales de los años treinta, cuando el movimiento comunista internacional estaba ya totalmente estalinizado. Consideremos específicamente al joven Maxime Rodinson, un intelectual judío francés que luego se convertiría en un prominente académico de izquierda especializado en el Medio Oriente y la sociedad islámica. En un ensayo de 1981 titulado “Autocrítica”, Rodinson recordó cuál fue el estado de espíritu que lo llevó a ingresar al Partido Comunista Francés en 1937 (al cual abandonó en 1958):
“La adhesión al comunismo implicaba, e implica todavía, comprometerse con una lucha que supuestamente le permitirá a la humanidad realizar un salto esencial y eminentemente benéfico: acabar con un sistema que permanentemente produce pobreza y crimen, que subyuga y condena a millones de personas a lo largo del mundo a una vida atroz o incluso a la muerte. La intención es crear una humanidad liberada en la que todos puedan florecer hasta donde se los permita su potencial, en la que el colectivo de seres libres controle la administración sobre las cosas y establezca el mínimo indispensable de reglas para armonizar las relaciones entre los seres humanos”.
—Cult, Ghetto, and State: The Persistence of the Jewish Question (Culto, gueto y estado: La persistencia de la cuestión judía, 1983)
Como intelectual, Rodinson podía articular las metas liberadoras del marxismo mejor que los muchos millones de obreros jóvenes que ingresaron a los partidos comunistas de Francia e Italia, la India y Vietnam y otros lugares durante la era de Stalin. Sin embargo, muchos de esos obreros —aunque ciertamente no todos— también estaban motivados por una visión del futuro de liberación social multilateral. No consideraban a los partidos comunistas como meras agencias políticas para defender y promover sus intereses económicos o sociales (por ejemplo, nacionales) dentro del sistema capitalista-imperialista existente.
En general, los obreros políticamente avanzados y los intelectuales izquierdistas que apoyaban a los partidos socialdemócratas de masas no compartían la concepción marxista de una sociedad genuinamente comunista. Pero ellos también aspiraban a una sociedad radicalmente diferente y mejor que la presente. En 1961, un intelectual socialdemócrata de izquierda, el británico Ralph Miliband, publicó un libro altamente crítico del Partido Laborista titulado Parliamentary Socialism: A Study of the Politics of Labour [Socialismo parlamentario: Un estudio de la política del laborismo]. El libro apareció en la secuela inmediata de un intento fallido por parte de los líderes del ala derecha del partido por deshacerse de la Cláusula IV de la constitución partidista de 1918. La Cláusula IV en general se consideraba el programa máximo del Partido Laborista: “Asegurar a los trabajadores manuales e intelectuales la plenitud de los frutos de su industria y la más equitativa distribución de todo cuanto sea posible, sobre la base de la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio”. Al describir la batalla sobre la Cláusula IV que tuvo lugar en 1959-1960, Miliband escribió: “Ante la violenta resistencia [por parte de las bases obreras del partido] que encontró, la propuesta tuvo que abandonarse”. Para los años 80, ya nadie hubiera usado el término “socialismo parlamentario” para encapsular el programa o incluso la doctrina oficial del Partido Laborista británico. Y, en 1995, la Cláusula IV fue suprimida del programa formal del partido en una conferencia especial, pese a la oposición de algunos de los grandes sindicatos.
De principios a mediados de los años 60, hubo en Estados Unidos una radicalización de izquierda entre la juventud estudiantil y algunos intelectuales de mayor edad. Una expresión institucionalizada de esto fue la Conferencia de Académicos Socialistas que se celebraba anualmente en la ciudad de Nueva York. En 1966, los organizadores de la conferencia invitaron al historiador marxista Isaac Deutscher a dar una presentación sobre el “hombre socialista”. En esa época, el carácter cultural y sicológico de una sociedad verdaderamente socialista era un asunto de vivo interés entre los jóvenes intelectuales izquierdistas no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Por ejemplo, a principios de los años 60, el Ché Guevara escribía sobre la eliminación del trabajo enajenado en la Cuba “socialista”. Para un análisis retrospectivo del pensamiento de Guevara a este respecto, ver: “‘Radical Egalitarian’ Stalinism: A Post Mortem” [Estalinismo “igualitario radical”: Un post mortem] en Spartacist [Edición en inglés] No. 25 (verano de 1978). En su presentación sobre el “hombre socialista”, Deutscher tocó diversos puntos en los que la generación postsoviética de activistas de izquierda no está pensando en absoluto.
Huntington contra Fukuyama, otra vez
Empecé a desarrollar mis pensamientos sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético principalmente durante las discusiones informales que tuve con Norden entre 1991 y su salida de nuestra organización en 1996. Como ya se ha señalado, Norden identificaba la “muerte del comunismo” principalmente como una expresión del triunfalismo imperialista estadounidense. Así, él solía ligar ese término con la fórmula de un “nuevo orden mundial”, que George Bush había proclamado en el momento de la Guerra del Golfo de 1991 contra Irak. Norden creía que el que el cuerpo central de la dirección de nuestra tendencia hubiera reconocido que el carácter del periodo postsoviético estaba marcado por un retroceso histórico en la conciencia de la clase obrera internacionalmente era una capitulación a las presiones del triunfalismo imperialista estadounidense.
La forma en que Norden enfocaba esta cuestión estaba influenciada por las opiniones del intelectual de derecha estadounidense (entonces neoconservador) Francis Fukuyama, que declaró que el colapsó del bloque soviético había marcado “el fin de la historia”. Una versión sobresimplificada de la tesis del “fin de la historia” de Fukuyama llegó a ser muy conocida entre lo que podría llamarse el público educado estadounidense, el tipo de gente que está suscrito al New York Review of Books y ocasionalmente lee el Foreign Affairs. No sé si Norden leyó realmente a Fukuyama. Yo sí lo hice, y también leí a otros ideólogos burgueses de la derecha estadounidense, especialmente a Samuel P. Huntington y Zbigniew Brzezinski, quienes disentían fuertemente de la versión color de rosa que tenía Fukuyama del mundo postsoviético. Estoy volviendo a este debate porque me fue útil para entender la relación entre la “muerte del comunismo” y las diversas corrientes postsoviéticas de la ideología burguesa, especialmente en los países capitalistas occidentales (pero no exclusivamente en ellos).
Fukuyama tomó el término y el concepto de “fin de la historia” del filósofo alemán Georg Hegel. Hegel usó esa expresión para describir las consecuencias histórico-mundiales de la Batalla de Jena de 1806, en la que el ejército de la Francia napoleónica derrotó al reino de Prusia. Tras la batalla, los franceses ocuparon y gobernaron el sur y el oeste de Alemania. Hegel estuvo entre los pocos intelectuales alemanes prominentes que apoyó al régimen napoleónico, al que consideraba históricamente progresivo, y colaboraron con él.
La concepción hegeliana del “fin de la historia” tenía un componente negativo y uno positivo. El componente negativo era que la ideología dominante de la Europa feudal tardía —el absolutismo monárquico sancionado y apoyado por las iglesias cristianas— había perdido su antiguo poder de determinar el curso futuro de la historia. El componente positivo era que los principios liberales de la Revolución Francesa, tal y como Hegel los entendía (y como los representaba Napoleón), habían llegado a ser capaces de conquistarlo todo en el ámbito de las ideas y con el tiempo se establecería a lo largo de Europa un nuevo orden sociopolítico en conformidad con el nuevo Zeitgeist (espíritu de los tiempos).
De igual modo, la versión de Fukuyama del “fin de la historia” tenía componentes negativos y positivos. El componente negativo, desde luego, era la “muerte del comunismo”:
“Si bien todavía hay en el mundo poder comunista, éste ha dejado de reflejar una idea dinámica y atractiva. Quienes se consideran a sí mismos comunistas se ven obligados a librar continuas batallas de retaguardia para preservar algo de su antigua posición y su antiguo poder. Los comunistas se encuentran en la poco envidiable situación de defender un orden social viejo y reaccionario cuya hora ha pasado ya hace mucho, como los monárquicos que lograron llegar al siglo XX”.
—The End of History and the Last Man (El fin de la historia y el último hombre, 1992)
Aquí Fukuyama expresa lo que es una moneda corriente entre todas las tendencias de la ideología burguesa postsoviética.
Eran las conclusiones positivas que sacó del colapso del bloque soviético las que constituían el núcleo de su tesis del “fin de la historia”. Sostenía que los valores socioculturales y las correspondientes instituciones económicas y políticas del mundo capitalista occidental terminarían por imponerse eventualmente a escala global:
“Es en este marco donde el carácter marcadamente mundial de la revolución liberal adquiere una especial significación, puesto que constituye una evidencia más de que está operando un proceso que dicta un patrón evolutivo común para todas las sociedades humanas; en pocas palabras, algo así como una Historia Universal de la Humanidad en dirección a la democracia liberal...
“Y si hemos llegado a un punto en el que se ha vuelto difícil imaginar un mundo sustancialmente distinto al nuestro, en el que el futuro no representa de ninguna manera evidente u obvia una mejoría respecto a nuestro orden actual, luego entonces debe considerarse la posibilidad de que la Historia misma haya llegado a su fin” [énfasis en el original].
La noción de Fukuyama de una “revolución liberal” universalmente triunfante sufrió un denso fuego por parte de algunos voceros intelectuales prominentes del imperialismo estadounidense. Su principal antagonista fue Samuel P. Huntington, que contraponía su propia tesis del “choque de civilizaciones” al “fin de la historia” de Fukuyama. Refiriéndose a este último, Huntington comentó con condescendencia: “El momento de euforia del fin de la Guerra Fría generó una ilusión de armonía, que pronto se reveló como tal” (The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order [El choque de civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial, 1996]). Sin duda, Huntington concordaba con Fukuyama en que ya nunca podría haber estados poderosos ni un movimiento político internacional con apoyo de masas que afirmara representar una alternativa universal, como el comunismo, al capitalismo tipo occidental y la “democracia”. Pero también sostenía que una buena parte del mundo —y en particular Rusia, el Oriente islámico y China— se vería dominada por gobiernos y movimientos políticos antioccidentales basados en valores y tradiciones nacionales y religioso-culturales:
“En este nuevo mundo, los conflictos más generalizados, importantes y peligrosos no serán entre clases sociales, entre ricos y pobres, ni entre otros campos económicamente definidos, sino entre pueblos provenientes de diferentes entidades culturales...
“La civilización occidental es la más poderosa y seguirá siéndolo durante muchos años. Sin embargo, comparado con el de otras civilizaciones, su poder está declinando. Cuando el Occidente intenta afirmar sus valores y proteger sus intereses, las sociedades no occidentales enfrentan una alternativa. Algunas intentan emularlo o colgarse de él. Otras sociedades confucianas e islámicas intentan expandir su propio poder militar y económico para resistir y ‘contrarrestar’ a Occidente. Un eje central de la política mundial posterior a la Guerra Fría es, pues, la interacción del poder y la cultura occidentales con el poder y la cultura de civilizaciones no occidentales”.
El debate Huntington/Fukuyama subraya la necesidad de que diferenciemos entre la creencia en la “muerte del comunismo”, que es generalizada y sigue siendo actual, y el limitado y efímero triunfalismo imperialista estadounidense en la secuela inmediata de la caída de la Unión Soviética.
Breves conclusiones
Una pregunta importante que enfrentamos puede ser formulada de este modo: ¿es posible que un levantamiento espontáneo, que implique a grandes sectores de la clase obrera, contra un gobierno derechista, pueda llevar a situaciones prerrevolucionarias o incluso revolucionarias (es decir, a órganos de poder dual) aun si la masa de los obreros y los trabajadores en general no aspira al socialismo? Yo creo que sí. Aunque nunca hemos experimentado semejante acontecimiento, no debemos descartarlo. Por ahora, nuestra tarea principal consiste en propagar una visión marxista del mundo con la expectativa de reclutar cantidades relativamente pequeñas de intelectuales izquierdistas y obreros avanzados. Parafraseando a John Maynard Keynes: cuando la realidad cambie, cambiarán nuestras perspectivas.
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2016.06.05 18:09 ShaunaDorothy En boca cerrada no entran moscas - La contribución del GI a la campaña antisindical en México (Septiembre de 2013)

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Espartaco No. 39 Septiembre de 2013
En boca cerrada no entran moscas
La contribución del GI a la campaña antisindical en México
El siguiente artículo, redactado por el Grupo Espartaquista de México, fue publicado originalmente en Workers Vanguard No. 1028 (9 de agosto de 2013).
Tal parece que la polémica “Al GI se le atraganta la defensa del SNTE” (Espartaco No. 38, junio de 2013) le pegó al Grupo Internacionalista donde más le duele. En respuesta, el GI redactó un artículo de quince páginas a espacio sencillo titulado “SL on Corporatism in Mexico: Games Centrists Play” [La SL sobre el corporativismo en México: A lo que juegan los centristas] (internationalist.org, 5 de julio), que hasta ahora se puede consultar en red solamente y en inglés [actualmente ya disponible en español, pero no en red]. Lleno de justificaciones, distorsiones y pequeñas mentiras mezcladas con una ración de calumnia, este ejercicio de demagogia tenía un solo propósito: intentar esconder el simple hecho de que el GI no sostiene el principio proletario elemental de defender a los sindicatos, sin importar cuán burocráticas o procapitalistas sean sus direcciones, del ataque del estado capitalista.
Al centro de la diatriba del GI se ubica nuestra respuesta al ataque del presidente Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), contra el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Impulsando una “reforma” educativa antisindical, en febrero el gobierno arrestó a Elba Esther Gordillo, una burócrata ampliamente odiada que por más de dos décadas había encabezado al SNTE. Asesina y corrupta hasta la extravagancia, Gordillo había cometido numerosos crímenes contra la clase obrera. Pero su arresto fue un ataque directo al sindicato magisterial y al movimiento obrero en su conjunto. En un volante del 4 de marzo, el Grupo Espartaquista de México exigió: “Gobierno, ¡manos fuera del SNTE!” y llamó por la “libertad inmediata de Gordillo y todos los funcionarios sindicales arrestados” (ver Espartaco No. 38, junio de 2013). En México como en todas partes, es la tarea de la clase obrera limpiar su propia casa.
En cambio, Revolución Permanente No. 2 (mayo de 2013) del GI se negó a defender al SNTE, descartándolo como “una agencia del estado, una policía laboral cuyo propósito es sustentar el poder y regimentar a los trabajadores”. Denunciando a nuestros camaradas por defender al sindicato, el GI recurrió al doble discurso centrista para ocultar su traición. El artículo de mayo de Revolución Permanente reconocía el punto obvio de que el arresto de Gordillo fue “para aplastar a toda resistencia magisterial”. Pero, aunque lanzaba la consigna “Peña Nieto, ¡manos fuera del magisterio!”, evitaba describir al SNTE como lo que es: un sindicato. Como dijimos en nuestra polémica, “Es una cosa o la otra: o se defiende al sindicato bajo ataque, pese a su brutal dirigencia procapitalista, o se lleva agua al molino de los rompesindicatos”.
Ahora el GI ha dejado aún más clara su postura antisindical, omitiendo de su gigantesca y sórdida respuesta la exigencia “manos fuera del magisterio”, así como cualquier indicación de que el arresto de Gordillo haya podido ser un ataque al movimiento obrero. Con una franqueza fuera de lo común, el GI escribió que el volante del GEM “dice que ‘El arresto de Gordillo es un ataque directo contra el sindicato de maestros y contra todo el movimiento obrero mexicano, parte del programa de la burguesía de desmantelar los sindicatos’. Sin embargo, Peña Nieto se ha esforzado en dejar claro que no está atacando al SNTE, que mantendrá ‘un diálogo respetuoso y constante con la dirigencia del SNTE’”. Y si el Comandante en Jefe lo dice, ¿quién es el GI para cuestionarlo?
Buscando encubrir su craso oportunismo, el GI se apoya en una “teoría” sacada de la manga, según la cual los sindicatos corporativistas como el SNTE no son “sindicatos obreros”, sino “el enemigo de clase” y, en última instancia, “escuadrones de la muerte”. Como explicamos en nuestra polémica, el corporativismo ha sido por mucho tiempo un distintivo del capitalismo mexicano, particularmente desde el régimen nacionalista de izquierda de Lázaro Cárdenas en los años treinta. A través de este sistema, los grandes sindicatos, primariamente agrupados en la Confederación de Trabajadores de México (CTM), han sido componentes integrales del PRI, y el gobierno instala y retira burócratas sindicales (“charros”) a voluntad. “A cambio —escribimos—, estos ‘charros’ vigilaban los sindicatos para el estado, purgando y a menudo asesinando a obreros disidentes y beneficiándose generosamente de la corrupción”. Pero incluso los sindicatos más integrados al aparato estatal se han visto forzados a librar algunas luchas contra la campaña capitalista para extraer más ganancia del trabajo de sus afiliados, particularmente en las últimas décadas, desde que la estructura corporativista empezó a agrietarse.
Tomando como criterio el grado de burocratismo y violencia, y no el análisis de clase, el GI descarta más o menos a la mitad de los sindicatos de México, negándose a defenderlos cuando son atacados. Buscando manipular la rabia de los obreros contra sus dirigentes sindicales para impulsar una línea rompesindicatos, el GI le pone una delgada capa de barniz rojo al extendido prejuicio pequeñoburgués contra los sindicatos en México y otras partes.
Lo que lleva al GI a tildar al GEM de “socialistas cetemistas” es su apetito de acomodarse al nacionalista burgués Partido de la Revolución Democrática (PRD). Ni toda su ofuscación puede ocultar el hecho de que los únicos sindicatos que el GI reconoce como genuinos son aquéllos cuyos líderes son leales al PRD, mientras que aquéllos más cercanos al PRI o afiliados a él son “el puño armado de la burguesía”.
Los dirigentes sindicales pro-PRD atan a los obreros a la burguesía mexicana impulsando la ideología nacionalista y sembrando ilusiones en la reforma del estado capitalista, recurriendo a sus propios métodos burocráticos para reforzar su control de los sindicatos. Para el GI, esto significa “una diferencia de clase entre los organismos laborales de carácter estatal y los nuevos sindicatos ‘independientes’” (énfasis en el original), como proclama en su respuesta. Aunque el GI admite que los líderes sindicales properredistas están políticamente atados a la burguesía, afirma que “no son funcionarios del estado o del partido gobernante, ni dirigentes que respondan al gobierno, y no a las bases sindicales”. Así, para el GI, el apoyo de los líderes al PRD evidencia que los afiliados controlan a su sindicato. Los militantes que desafíen la colaboración de clases de esos burócratas no tardarán en llegar a una conclusión diferente.
Desconcertados por la realidad
Las acciones del sindicato minero SNTMMSRM en particular pusieron al GI en un verdadero aprieto. El SNTMMSRM, que solía ser uno de los pilares más sólidos del viejo sistema corporativista, ha sido durante la última década uno de los sindicatos más combativos del país. El esquema del GI sencillamente no puede explicar ese hecho. En “Al GI se le atraganta…”, señalamos que en 2006 el gobierno del Partido Acción Nacional fue tras este sindicato para deponer y encarcelar a su líder, Napoleón Gómez Urrutia, detonando con ello una serie de poderosas huelgas. Entre ellas hubo una huelga nacional que el GI descarta por haber durado “no más de 72 horas”.
Más importante fue la combativa huelga de 2006 en Lázaro Cárdenas, Michoacán, que el GI no menciona más que de pasada. La huelga —que duró “no más de” 141 días— resistió el ataque de unos 800 policías, al costo de la vida de dos obreros, y obtuvo una victoria aplastante, incluyendo conquistas económicas y el reconocimiento del sindicato y de su líder. Como señalamos en el mismo artículo, “El GI se negó a defender a la dirección del SNTMMSRM o al sindicato mismo contra el estado, sin duda debido a la dirección charra del sindicato y su historia de afiliación al PRI”. El artículo continuaba:
“Prefigurando su línea de que el arresto de Gordillo fue ‘un ajuste de cuentas en las altas esferas del poder’, el GI afirmó que el ataque contra Gómez Urrutia fue un ‘ajuste de cuentas dentro del régimen’ (aun cuando el PRI no estaba en el poder). Aunque llamaba vagamente a ‘rechazar este golpe de fuerza del gobierno’, El Internacionalista/Edición México No. 2 del GI omitía cualquier llamado a la victoria de las huelgas o por el retiro de los cargos que enfrentaba el líder sindical”.
Afirmando que ésta no es sino otra de las “calumnias” de WV, la respuesta del GI cita con mayor amplitud su artículo de 2006, confirmando de paso que no llamó por la victoria de la huelga ni por el retiro de los cargos contra el líder sindical. Tras una serie de dolorosas contorsiones aparentemente diseñadas para dar la impresión de que también ellos defienden al sindicato minero, el GI cita un artículo, fechado en febrero de 2008, sobre la huelga de Cananea, Sonora, que había estallado el 30 de julio de 2007. Tras una serie de huelgas que el sindicato estalló por todo el país durante un periodo de dos años, el GI empezó a percibir que su línea no era muy popular que digamos entre los mineros combativos.
Sin atenerse a su posición, pero sin repudiarla tampoco —pues el GI es tan infalible como propenso a girar según la dirección del viento—, balbuceó unas líneas diciendo que de hecho sí piden “que se retiren todos los cargos contra los líderes de las supuestas organizaciones obreras”. No sabemos cuántas huelgas tiene que estallar un sindicato para que el GI retire la calumniosa etiqueta de “supuestas”. Pero bastó con que el GEM y la Liga Comunista Internacional defendiéramos al sindicato minero, a sus huelgas y a sus líderes, ¡para que estos hipócritas nos acusaran de justificar a los “escuadrones de la muerte”!
Intentando reconciliar la demostrada combatividad de los mineros de Cananea con su línea de que su sindicato no es más que un nido de policías burgueses, ahora el GI declara, con un cinismo pasmoso, que la sección 65 de Cananea ha “roto parcialmente” con el sindicato nacional. Esto es una mentira que haría enfurecer a cualquiera de esos mineros. A tres años de que la policía rompiera su huelga, la sección 65 se niega a volver al trabajo. Todo este tiempo, los mineros han exigido que la compañía reconozca a su sindicato y el gobierno federal a Gómez Urrutia como su líder.
Cada vez más perdidos en su laberinto
El GI intenta mostrar que heredó su línea rompesindicatos de la LCI y que ahora la sostiene en contra de nuestra “degeneración”. Con este fin, su mamotreto reproduce trece citas de Espartaco y de WV de entre 1987 y 1996. Sólo quisiéramos que los lectores estudiaran esos artículos. No encontrarían una sola frase en el sentido de que los sindicatos afiliados al PRI sean meras agencias del estado burgués. Tampoco encontrarían la menor negativa a defender a sus líderes contra el estado burgués. Como escribió el GEM en “¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD!” (Espartaco No. 14, otoño-invierno de 2000): “En concordancia con su concepción de sí mismos como caudillos infalibles, los dirigentes del GI Norden y Negrete imaginan que, dado que ellos sostenían tal o cual posición a espaldas del partido cuando ellos todavía eran miembros de la LCI, ésta tenía que ser ‘la línea’ de nuestra organización”.
Cuando se le confronta con la evidencia, el GI opta por una retirada subrepticia. Un ejemplo es el caso de Joaquín Hernández Galicia (“La Quina”), líder del sindicato petrolero SRTPRM, afiliado al PRI, de la compañía petrolera nacional Pemex. Cuando “La Quina” fue arrestado en enero de 1989, publicamos artículos en su defensa tanto en WV (cuando Norden era editor) como en la edición en español de Spartacist. En la polémica de WV No. 1025 citamos el punto central de esos artículos, en los que se hacía referencia a la Unión Soviética, que la contrarrevolución capitalista aún no destruía:
“Los trotskistas, que comprendemos el carácter de clase de la URSS como un estado obrero a pesar de su degeneración burocrática bajo el dominio estalinista, y por tanto la defendemos contra el imperialismo, defendemos de la misma manera a los sindicatos contra los patronos, a pesar de la burocracia entreguista que se asienta sobre estos reductos de poder obrero... Quienes no defienden a la Unión Soviética tampoco pueden defender al sindicato petrolero en México”.
—Spartacist No. 22, abril de 1989
Aquellos artículos también citaban la frase que escribió León Trotsky en su libro En defensa del marxismo (1939): “En el último análisis, un estado obrero es un sindicato que ha tomado el poder”.
A 17 años de que sus fundadores desertaran del trotskismo, el GI finalmente ha repudiado aquellos artículos programáticos. Pero incluso su repudio es deshonesto y políticamente cobarde. El GI escribe que aquel artículo, “aunque correctamente defendía a La Quina, equivocadamente ponía un signo de igualdad entre el STPRM [sic] y los sindicatos típicos de EE.UU.” y era “ambiguo y contradictorio” respecto al carácter de clase de los sindicatos corporativistas.
Como un calamar que se siente amenazado, el reflejo natural del GI es secretar una nube de tinta para cubrir su huida hacia un lugar seguro. Así, lanza las calumnias venenosas de que defendemos escuadrones de la muerte y de que hemos “ayudado y justificado” al estado en su represión del GI...sin siquiera molestarse en inventar cuándo, dónde y cómo tuvo lugar esa “ayuda”. La calumnia es el recurso clásico de quien está políticamente en quiebra. Los lectores concienzudos no serán engañados. Como escribió un suscriptor en una carta del 22 de julio a WV: “Lo que es más notable es que el GI evade completamente la cuestión rusa en su artículo”. El autor continúa:
“Si los líderes impuestos de los sindicatos corporativistas en México son, como escribe el GI, rompehuelgas violentos, asesinos y procapitalistas (y en verdad lo son), ¿por qué entonces no ubican a los estalinistas rusos, que asesinaron a Trotsky y al núcleo del Partido Bolchevique, que masacraron a muchísimos más obreros que “La Maestra” [Gordillo] ha conocido, en el mismo saco que a ella? Hasta donde se sabe, las acciones de los estalinistas, tanto en Rusia como internacionalmente, hicieron más daño al movimiento obrero que las de cualquier líder charro mexicano”.
¿Y qué hay de la analogía con los sindicatos estadounidenses? Como nacionalistas latinoamericanos comunes, el GI acusa de “gringa” a la LCI mientras les lava la cara a los burócratas sindicales estadounidenses comprados por el imperialismo. El GI escribe que “con suprema arrogancia (e ignorancia) imperialista, [los espartaquistas] sostienen que México no difiere de EE.UU., que los ‘sindicatos’ con escuadrones de la muerte que asesinan a decenas de sus miembros (más de 100 maestros tan sólo en Oaxaca) son lo mismo que los Teamsters bajo la dirección de Jimmy Hoffa”. Bueno, Jimmy Hoffa no era ningún santo. Más en general, para el GI la ayuda de la AFL-CIO para montar sangrientos golpes de estado a lo largo de América Latina, que resultaron en la muerte de cientos de miles de obreros y campesinos, no es nada comparado con la violencia asesina de los líderes del SNTE. Y además está la participación de la burocracia de la AFL-CIO en la promoción y fundación de “sindicatos libres” en Europa Oriental —centralmente la polaca Solidarność en los años ochenta, que sirvió como punta de lanza para la contrarrevolución capitalista en el bloque soviético—.
“Ambiguo y contradictorio”: Lo que queda de las pretensiones trotskistas del GI
La afirmación de que la LCI alguna vez sostuvo la línea antisindical del GI es simplemente risible. La sección mexicana de la LCI se consolidó en julio de 1990 mediante la fusión del GEM con la Fracción Trotskista (FT), compuesta de antiguos dirigentes del Partido Obrero Socialista (POS, hoy Liga de Trabajadores por el Socialismo). Éstos habían sido expulsados de aquella organización morenista por su solidaridad con la intransigente defensa que la LCI daba a la URSS y a los estados obreros deformados contra las fuerzas en ascenso de la contrarrevolución capitalista y con nuestro llamado por la revolución política proletaria contra las burocracias estalinistas. Y la defensa de “La Quina” como una aplicación concreta de la postura proletaria de clase cumplió una función importante en el proceso de fusión y en el armamento político del GEM, en contraste con el grueso de la izquierda mexicana, que se negó a defenderlo usando esencialmente los mismos argumentos que hoy usa el GI.
El documento de mayo de 1990 “Principales puntos de acuerdo” entre la LCI y la FT —una declaración amplia— aportó una base concisa, junto con la plataforma de la propia FT, para proceder a la fusión. El punto nueve del documento dice:
“Defender a los sindicatos obreros contra el ataque del estado burgués, como en el caso del ‘bazukazo’ en contra de ‘La Quina’ y el sindicato de trabajadores de PEMEX (históricamente uno de los sindicatos más poderosos en México). Esto no significa ‘apoyo político’ a tales dirigentes burocráticos sino una posición de clase clara: completa independencia de los sindicatos respecto al estado burgués. Condenar la capitulación al gobierno mexicano por parte del PRT [mandelista] y el PTZ [predecesor del POS] durante estos eventos. Luchar por la dirección revolucionaria de los sindicatos; por fracciones sindicales sobre la base del Programa de Transición”.
Negrete, hoy del GI, desempeñó un papel clave en la redacción de este documento y en todo el proceso de fusión del GEM con la FT. Pero eso era entonces.
Ahora que ha repudiado la base de clase por la cual la LCI defendió a “La Quina”, ¿cómo puede el GI considerar correcta la defensa de aquel gángster priísta? Así lo aclara el GI: “Tras su arresto, era absolutamente necesario defender a La Quina y exigir su liberación, porque en el momento en que Salinas lo perseguía, era un líder que había roto parcialmente con el sistema corporativista y que de manera no muy discreta había apoyado a Cárdenas en las elecciones presidenciales de 1988”.
Así que eso es lo que hace falta para romper, al menos parcialmente, “con el sistema corporativista” y para pasar de ser una agencia policiaca a un sindicato (¿semi?) genuino: apoyar al PRD. Nosotros nos quedamos con Trotsky. En su ensayo de 1940 “Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista”, Trotsky resumió los principios guía en la lucha por transformar los sindicatos en instrumentos de lucha revolucionaria —en México y en otras sociedades capitalistas— como “independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del estado capitalista” y “democracia sindical”. Con respecto a todos los sindicatos, esto significa luchar por deponer a los burócratas procapitalistas sobre la base de la oposición a todos los partidos burgueses.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/39/antisindical.html
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2016.06.04 13:59 ShaunaDorothy Sobre la política trotskista en la Segunda Guerra Mundial - Neomorenistas del PTS reviven la “Política Militar Proletaria” (Junio de 2012)

https://archive.is/cG8u0
Espartaco No. 35 Junio de 2012
La “Política Militar Proletaria” (PMP), propuesta originalmente por Trotsky en los últimos meses de su vida, era una serie de demandas centradas en la consigna por el “control sindical del entrenamiento militar”. Esta política, que despertó en aquel entonces controversia significativa entre quienes se reclamaban trotskistas, desempeñó un papel importante en desorientar a las pequeñas y a menudo aisladas secciones de la IV Internacional en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. La PMP no ha sido operativa desde alrededor de 1943, cuando quedó claro que los imperialistas aliados ganarían la guerra contra las potencias del Eje. Sin embargo, los neomorenistas del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) argentino la revivieron con la publicación de la antología Guerra y revolución: Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial (Buenos Aires: Ediciones CEIP “León Trotsky”, 2004), en cuya introducción presentan su propia defensa de la PMP. Nuestros lectores podrán encontrar un análisis altamente crítico de la PMP y considerablemente más extenso que el presente artículo en Prometheus Research Series No. 2, “Documents on the ‘Proletarian Military Policy’” (Documentos sobre la “Política Militar Proletaria”, 1989), que incluye una introducción elaborada por el Comité Ejecutivo Internacional de la LCI (entonces tendencia espartaquista internacional), así como documentos contemporáneos[1] y otros análisis críticos retrospectivos espartaquistas.
Debe ser algo distinto al profundo respeto por los anales del marxismo revolucionario lo que impulsa a los empedernidos oportunistas del PTS a revivir la PMP, una política que representó conciliación a la propaganda bélica de los imperialistas aliados y que se apartó del entendimiento leninista elemental del estado burgués como un aparato para la represión sistemática contra los obreros y oprimidos que no puede ser reformado, sino que debe ser destruido mediante la revolución proletaria y remplazado por un estado obrero.
Las implicaciones reformistas y socialpatriotas de la PMP no son, por supuesto, un problema para el PTS y sus compinches internacionales (la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional, cuya sección mexicana es la Liga de Trabajadores por el Socialismo, LTS), quienes exigen cotidianamente la “disolución de los cuerpos represivos” del estado, es decir, una petición al estado burgués a que se disuelva a sí mismo. De manera nada sorprendente, recientemente encontraron cauce para su adopción de la PMP en el contexto de la ola chovinista que azotó Argentina ante el XXX aniversario de la Guerra de las Malvinas/Falklands —una guerra reaccionaria por ambos bandos—, al exigir retrospectivamente que las organizaciones obreras impusieran la conscripción universal para ir a luchar, al mando del gorila Galtieri, por las escuálidas islas (ver artículo en p. 16). Precisamente por ser un vehículo que les permite dar rienda suelta a su acomodación a su “propia” burguesía, el PTS ve en la PMP “una teoría acabada de la revolución” cuya “perspectiva estratégica”, “programa” y “consignas” “eran mucho más maduras, e incluso superiores, a las de Lenin y los bolcheviques”.
“La guerra y la Cuarta Internacional”
En junio de 1934 Trotsky escribió “La guerra y la Cuarta Internacional”, un manifiesto sobre la inminente conflagración imperialista que desenmascaraba tajantemente las pretensiones “antifascistas” y “democráticas” de los imperialistas aliados con base en el derrotismo de Lenin. Salvo en lo referente a la defensa de la Unión Soviética, el proletariado no tenía interés en la guerra venidera, en la cual millones habrían de morir para que una u otra banda imperialista asegurara sus ganancias exorbitantes basadas en la explotación colonial. Extendiendo la política derrotista revolucionaria que guió a los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial y que empapa los documentos de los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista, Trotsky escribió:
“58. Cuando se trata de un conflicto entre países capitalistas, el proletariado de cualquiera de ellos se niega categóricamente a sacrificar sus intereses históricos, que en última instancia coinciden con los intereses de la nación y de la humanidad, en beneficio del triunfo militar de la burguesía. La fórmula de Lenin ‘La derrota es el mal menor’ no significa que lo sea la derrota del propio país respecto a la del país enemigo, sino que la derrota militar resultante del avance del movimiento revolucionario es infinitamente más beneficiosa para el proletariado y todo el pueblo que el triunfo militar garantizado por ‘la paz civil’. Karl Liebknecht planteó un lema hasta ahora no superado para la política proletaria en épocas de guerra: ‘El principal enemigo del pueblo está en su propio país’. La revolución proletaria triunfante superará los males provocados por la derrota y creará la garantía final contra futuras guerras y derrotas. Esta actitud dialéctica hacia la guerra constituye el elemento más importante de la educación revolucionaria y por lo tanto también de la lucha contra la guerra.
“59. La transformación de la guerra imperialista en guerra civil es el objetivo estratégico general al que se debe subordinar toda la política de un partido proletario”.
Ésta es la posición fundamental que los revolucionarios sostenemos en el caso de guerras reaccionarias.
Enfrentados en cuanto a la redivisión del mercado mundial, los imperialistas, tanto “democráticos” como fascistas, tenían, sin embargo, un objetivo clave en común: la destrucción de la URSS, el primer estado obrero del mundo, lo cual habría tenido consecuencias funestas para el proletariado mundial. En la víspera de la segunda guerra interimperialista, Trotsky temía que una catástrofe se aproximaba a la Unión Soviética, especialmente a la luz de los efectos desastrosos, evidentes en la secuela del pacto Hitler-Stalin, de la decapitación del Ejército Rojo perpetrada por Stalin en las purgas de los años 30. Correspondientemente, Trotsky añadió una sola cosa —ciertamente fundamental— al programa revolucionario elaborado durante la Primera Guerra Mundial: el deber del proletariado mundial de defender militarmente las conquistas de la Revolución de Octubre a pesar de la usurpación del poder político por parte de la casta burocrática encabezada por Stalin:
“8. ...Defender a la Unión Soviética de los ataques de los enemigos capitalistas, más allá de las circunstancias y causas inmediatas del conflicto, es obligación elemental de toda organización obrera honesta”.
El origen de la PMP
Sin embargo, en mayo de 1940, conforme los ejércitos de Hitler avanzaban por Bélgica y Holanda hacia París, Trotsky redactó un nuevo manifiesto sobre la guerra, el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, que fue adoptado por una conferencia de emergencia de la IV Internacional en Nueva York. En un pasaje cerca del final del manifiesto aparece por primera vez un nuevo elemento en el programa de la IV Internacional sobre la guerra imperialista:
“La militarización de las masas se intensifica día a día. Rechazamos la grotesca pretensión de evitar esta militarización con huecas protestas pacifistas. En la próxima etapa todos los grandes problemas se decidirán con las armas en la mano. Los obreros no deben tener miedo de las armas; por el contrario, tienen que aprender a usarlas. Los revolucionarios no se alejan del pueblo ni en la guerra ni en la paz. Un bolchevique trata no sólo de convertirse en el mejor sindicalista sino también en el mejor soldado.
“No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindicatos para que los obreros puedan transformarse en especialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante”.
Estas oraciones son la primera expresión de lo que pasaría a conocerse como la “Política Militar Proletaria”. En septiembre, un mes después del asesinato de Trotsky a manos de un esbirro estalinista, el Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista), sección estadounidense de la IV Internacional, adoptó formalmente una resolución sobre la nueva política militar en una conferencia en Chicago:
“Luchamos contra el envío de obreros-soldados a la batalla sin entrenamiento y equipo apropiados. Nos oponemos a la dirección militar de los obreros-soldados por parte de oficiales burgueses que no tienen consideración alguna por su trato, su protección y sus vidas. Exigimos fondos federales para el entrenamiento militar de obreros y obreros-oficiales bajo el control de los sindicatos. ¿Expropiaciones militares? Sí, ¡pero sólo para el establecimiento y equipamiento de campos de entrenamiento obreros! ¿Entrenamiento militar obligatorio de los obreros? Sí, ¡pero sólo bajo el control de los sindicatos!”
El llamado del SWP equivale a alguna forma de “control obrero” del ejército burgués, lo cual es descaradamente utópico: el estado burgués no va a ceder el control del entrenamiento militar, ni ningún aspecto del ejército burgués, mediante la legislación. Como señaló en 1941 un miembro de la IV Internacional en Europa (ver PRS No. 2), el “control sindical de la defensa nacional” bajo el régimen burgués sólo puede instituirse en un sentido fascista o corporativista; de hecho, es muy significativo que la única federación sindical que adoptó el programa de la PMP durante la guerra fue nada menos que la CTM mexicana.
Trotsky y el SWP se equivocaron al tratar de plantear un conjunto de demandas positivas para la segunda guerra imperialista mundial en la ausencia de una situación revolucionaria. Llamar por el poder estatal proletario en medio de una situación potencialmente revolucionaria para emprender la defensa contra Hitler no es lo mismo que llamar por el “control sindical del entrenamiento militar” cuando es el estado burgués el que le hace la guerra a Hitler. Como regla general, los revolucionarios preferimos emplear demandas negativas respecto al estado burgués, pues éstas son el vehículo más poderoso para movilizar a las masas contra la burguesía. Como muestra el ejemplo del PTS, las demandas positivas a las instituciones centrales del estado capitalista —el ejército, la policía y los tribunales— fácilmente pueden ser utilizadas en el sentido reformista de presentar al aparato estatal burgués como si fuera de alguna manera neutral respecto a las clases.
El propósito de ser “el mejor soldado” en un ejército burgués, la demanda por mejor entrenamiento y equipo, la absurda exigencia por el “control sindical del entrenamiento militar”, todo ello está contrapuesto al entendimiento de la Segunda Guerra Mundial como una guerra interimperialista reaccionaria en la cual el proletariado no tenía lado —excepto en defensa de la URSS—. No muy oculta en la PMP estaba la proposición de que el proletariado del mundo (fuera de Alemania) tenía un enemigo mayor que su propia burguesía, a saber, el fascismo alemán. De hecho, la nueva política militar sólo era aplicable en la Gran Bretaña, Estados Unidos y sus aliados subordinados (Australia, Canadá), por lo cual había una tendencia anglo-estadounidense tácita en la abstracción de “la burguesía” en las formulaciones de la PMP: el manifiesto de mayo de 1940 no estaba exigiendo precisamente que el estado dirigido por Hitler estableciera escuelas para el entrenamiento militar de los obreros bajo control sindical. El núcleo de la PMP era el apoyo a una guerra contra el fascismo sin dejar claro a qué clase social pertenecía el estado que libraba la guerra. Debido a la popularidad de una “guerra democrática contra el fascismo”, el efecto real de la PMP habría sido simplemente hacer más eficiente la guerra del estado burgués y democratizar su dirección.
En gran medida, la PMP se basó en una prognosis exagerada del grado al cual el proletariado lucharía contra la guerra al principio de ésta. Trotsky pensó que la necesidad bélica eliminaría rápidamente la máscara “antifascista” y “democrática” de los imperialistas anglo-estadounidenses. Esperaba que las burguesías de ambos países se verían forzadas a imponer alguna variante de dictadura bonapartista en respuesta al creciente descontento, lo cual conduciría a la lucha social y quizá a situaciones de poder dual. Además, Trotsky pensaba que, ante la lucha social interna, los imperialistas anglo-estadounidenses seguirían el ejemplo de sus aliados franceses y se volverían “derrotistas”, viendo en Hitler al mal menor. Con base en este pronóstico, Trotsky combinó incorrectamente la “lucha contra el fascismo” en la guerra con la tarea proletaria de la toma del poder.
El PTS sobre la SGM: ¿“Democracia contra fascismo” después de todo?
Aunque el PTS niega formalmente que la Segunda Guerra Mundial haya sido una genuina “guerra contra el fascismo”, todos sus argumentos en defensa de la PMP introducen, en el mejor de los casos, agnosticismo respecto al carácter reaccionario del conflicto. Así, para justificar la insuficiencia del derrotismo revolucionario de Lenin y la necesidad de una nueva política, el PTS argumenta que la Segunda Guerra Mundial representó un “salto” respecto a la primera que hacía imposible “repeticiones mecánicas de las viejas fórmulas de los revolucionarios durante la Primera Guerra”. El “salto”, por supuesto, era el fascismo, y el propósito de todo esto es justificar la noción de que se podía luchar contra él mediante el esfuerzo bélico aliado: “Que la guerra que se avecinaba era de carácter interimperialista no implicaba para los trotskistas subestimar al fascismo y la necesidad del movimiento obrero de entablar una lucha encarnizada contra él desde sus inicios, ya que sería el principal perjudicado”.
La lucha obrera contra el fascismo podía librarse solamente de manera independiente de las burguesías “democráticas”, una perspectiva por la que los trotskistas habían luchado, efectivamente, desde los inicios del fascismo. De hecho, el que la pasividad criminal del Partido Comunista Alemán ante el ascenso de los nazis de Hitler no causara ni la más mínima revuelta dentro de la III Internacional hizo que Trotsky declarara que la Comintern estaba muerta para la causa de la revolución proletaria y llamara a construir nuevos partidos comunistas que sostuvieran la bandera del leninismo. La IV Internacional, fundada en 1938 en la víspera de la guerra inminente, encarnó esta continuidad leninista.
Pero el objetivo de la PMP de actuar como “los mejores soldados” de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial no tenía nada que ver con la lucha obrera contra el fascismo. Como Trotsky mismo había señalado en “La guerra y la Cuarta Internacional”:
“18. La impostura de la defensa nacional siempre trata de ocultarse tras la impostura de la defensa de la democracia. Si incluso ahora, en la época del imperialismo, los marxistas no identifican democracia con fascismo y están dispuestos en todo momento a rechazar los ataques del fascismo a la democracia, ¿no debería el proletariado, si se declara la guerra, apoyar a los gobiernos democráticos contra los fascistas?
“¡Flagrante sofisma! Defendemos a la democracia contra el fascismo por medio de las organizaciones y métodos del proletariado... Y si nos oponemos de manera irreconciliable a los gobiernos más ‘democráticos’ en épocas de paz, ¿cómo podemos asumir la más mínima responsabilidad por ellos durante la guerra, cuando todas las infamias y crímenes del capitalismo se llevan a cabo de la manera más brutal y sangrienta?
“19. Una guerra moderna entre las grandes potencias no será una lucha entre la democracia y el fascismo sino un conflicto entre dos sectores imperialistas por un nuevo reparto del mundo”.
El vínculo que la PMP hizo de la “defensa de la democracia” y el “antifascismo” con el esfuerzo bélico de los imperialistas anglo-estadounidenses representó una capitulación a la falsa conciencia y le cedió terreno a la propaganda bélica de los imperialistas aliados. El deber de los revolucionarios era el opuesto: exponer las pretensiones antifascistas de las clases gobernantes aliadas.
El proletariado tenía toda razón para temer y odiar la bota nazi. Pero habría sido mucho mejor que la lucha proletaria y los levantamientos coloniales paralizaran el esfuerzo bélico anglo-estadounidense, quizá conduciendo a victorias alemanas transitorias, ¡a que el proletariado apoyara implícitamente a los ejércitos aliados mediante la exigencia de soldados mejor entrenados y equipados!
Abjurando el derrotismo revolucionario
Reconociendo que el derrotismo revolucionario es un obstáculo a la adopción de la PMP —aunque sin decirlo jamás abiertamente—, el PTS centra una buena parte de sus argumentos en minimizar y oscurecer el significado de esta política leninista clave. Así, presenta el derrotismo como alguna oscura polémica interna que trataba simplemente de “reagrupar a la vanguardia y a los elementos más avanzados de la socialdemocracia, y no de formular una política activa hacia el movimiento obrero”. Hace suya la posición de un tal Jean-Paul Joubert, quien argumenta nada menos que “la fórmula” del derrotismo “no se encuentra...en el proyecto de resolución y de manifiesto de la ‘Izquierda de Zimmerwald’”, ni tampoco fue utilizada “durante los seis años siguientes a la revolución de octubre, en ningún texto importante de Lenin o de la Internacional Comunista”. “Por el contrario”, concluye Joubert, “Lenin martilla sin cesar en la ‘transformación de la guerra imperialista en guerra civil’”[2].
Todo esto va más allá del confusionismo. La lucha de Lenin por la III Internacional, incluyendo entre la izquierda de Zimmerwald, se libró sobre la base del derrotismo revolucionario y sobre el cadáver de la II Internacional socialpatriota; el derrotismo guió toda “política activa” de los bolcheviques tanto como el servilismo a los esfuerzos bélicos de sus respectivas burguesías guió la actividad de los socialpatriotas en la II Internacional. El derrotismo no es una mera consigna, sino una posición fundamental del marxismo revolucionario respecto a guerras reaccionarias. Como explicamos en PRS No. 2, el derrotismo representa precisamente el deseo, desde una perspectiva internacional estratégica, de transformar la guerra imperialista en guerra civil:
“El uso del término ‘derrotismo’ se basa en el reconocimiento de que: (1) una cadena de derrotas militares para un gobierno imperialista ayuda al surgimiento de lucha social interna, y (2) cualquier lucha social significativa en tiempo de guerra inevitablemente ‘ayuda’ a la potencia enemiga. El proletariado no restringirá la lucha de clases por temor a facilitar la victoria del ‘campo imperialista enemigo’”.
Hay varias consignas apropiadas para expresar el significado del derrotismo bajo distintas circunstancias, prominentemente la consigna de Liebknecht de “el principal enemigo está en casa” o, por ejemplo en el caso de la India colonial, simplemente “¡Abajo el imperialismo! ¡Abajo la guerra imperialista!”, consignas levantadas por el Bolshevik-Leninist Party of India durante la Segunda Guerra Mundial.
En su esfuerzo por deshacerse del derrotismo y mantener alguna semblanza “izquierdista”, el PTS crea un Trotsky a su imagen y semejanza:
“Muchos sectarios de entonces habían adoptado una posición que en apariencia seguía a Lenin a pie juntillas: ésta es una guerra imperialista, por lo tanto se impone una actitud de derrotismo revolucionario. Pero Trotsky rechazaba esto como un silogismo reñido con la lógica viva y contradictoria de la guerra y su eterna antagonista: la revolución”.
¡Pero Trotsky insistió en la aplicación del derrotismo revolucionario hasta el final de sus días! La PMP fue una política equivocada basada en un pronóstico exagerado de la inminencia de revoluciones proletarias, y Trotsky no vio que estaba, a fin de cuentas, en contradicción con el derrotismo revolucionario; Trotsky no vivió para ver cómo se desarrollaba la PMP en la realidad, habiendo propuesto esta política apenas tres meses antes de su muerte. En cualquier caso, difícilmente se podría argumentar que es la confusión teórica lo que conduce a los peronistas de extrema izquierda del PTS a despotricar contra el derrotismo “sectario” y defender a la PMP 70 años después.
PMP vs. defensa de la URSS: La desvergüenza retrospectiva del PTS
Tras citar un pasaje de la resolución del SWP de 1940 que codificó la PMP, el PTS comenta ridículamente que “en consecuencia con esta política”, el SWP “destinó un destacamento de militantes a la flota mercante de Estados Unidos”. No debería hacer falta un extenso análisis para darse cuenta de que el trabajo del SWP en la marina mercante no tenía nada que ver con la “política militar proletaria”. El SWP perdió al menos a siete de sus militantes en la marina mercante, algunos de los cuales trabajaban en la peligrosa ruta de Múrmansk en la que convoyes aliados llevaban abastecimientos a la Unión Soviética. Este trabajo genuinamente excepcional fue una expresión no de la PMP, sino del defensismo soviético del SWP, algo que al PTS le conviene no reconocer.
De hecho, una de las principales preocupaciones de Trotsky, que debe de haber desempeñado un papel en la elaboración de la PMP, era el grave peligro que la guerra planteaba a la tierra de la Revolución de Octubre. Pero el PTS desaparece este aspecto del problema, por una buena razón: es una organización que nació a la vida política “independiente” a finales de los años 80 apoyando la contrarrevolución capitalista en la RDA, la URSS y toda Europa Oriental, así como hoy reniega de la defensa militar incondicional de los estados obreros deformados que aún quedan contra el imperialismo y la contrarrevolución interna: formalmente en el caso de China y Vietnam, en tanto que a duras penas balbucea una palabra sobre Corea del Norte, prefiere ignorar la existencia del estado obrero en Laos y en los hechos abandona el defensismo respecto al estado obrero cubano (ver “Cuba: Crisis económica y ‘reformas de mercado’”, Espartaco No. 34, otoño de 2011).
El que el PTS adopte retrospectivamente la PMP, así como su apoyo al absurdo intento de Joubert de reducir el defensismo revolucionario a una efímera exageración polémica de Lenin, está en concordancia con su apoyo a la contrarrevolución “democrática” en los estados obreros degenerado y deformados. Y aún así, el PTS tiene la desvergüenza de publicar, en su introducción a Guerra y revolución, una sección entera dedicada a “La defensa de la URSS” con luengas citas de Trotsky, cuyo contenido entero ha pisoteado en cada coyuntura histórica fundamental en continuidad antirrevolucionaria con sus predecesores morenistas de la Liga Internacional de Trabajadores (LIT) (ver, entre otros, folleto del GEM y la Fracción Trotskista del entonces POS, hoy LTS, “Del morenismo al trotskismo: La cuestión rusa a quemarropa”, 1991).
Por otro lado, debe señalarse que todo el trabajo heroico de los trotskistas durante la Segunda Guerra Mundial —incluyendo, entre otros, el trabajo marítimo del SWP y prominentemente el de la célula de los trotskistas de Brest que publicaba Arbeiter und Soldat (Obrero y Soldado) para distribuir al personal naval alemán— está en contradicción directa con la PMP. Aun así, el PTS tiene el descaro adicional de atacar al SWP por imprimir “a la propaganda sobre la PMP un sesgo un tanto ‘defensista’, aproximándose a una posición que postulaba la ‘necesidad de librar la guerra contra el fascismo hasta el final’”. Pero el SWP de Cannon sí se opuso a la Segunda Guerra Mundial. Debido a que el SWP en aquellos años era un partido genuinamente revolucionario proletario —a diferencia de los impostores seudotrotskistas del PTS—, la PMP nunca cobró vida como una demanda programática y pronto fue archivada en algún cajón, y sus implicaciones socialpatriotas nunca echaron raíz. En cambio, es el PTS quien defiende hoy la proposición de ser “el mejor soldado” en los ejércitos aliados y exige retrospectivamente la conscripción universal para ir a matar británicos en las Malvinas/Falklands.
Contorsiones circenses
El PTS se ve obligado a realizar contorsiones verdaderamente sorprendentes para tratar de establecer “antecedentes” para la PMP en las políticas trotskistas durante la Guerra Civil Española, en el Programa de Transición y, más generalmente, en casi cada referencia que Trotsky haya hecho jamás a la lucha por escindir al ejército horizontalmente en tiempos de agitación revolucionaria para ganar a las tropas al lado del proletariado. Pero esto no era nada nuevo ni tiene nada que ver con la PMP; de hecho, Engels había señalado ya desde 1895 la necesidad de escindir al ejército (ver su introducción a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx), una política que fue, por supuesto, llevada a cabo con éxito en la Revolución Rusa de 1917. Como “La guerra y la Cuarta Internacional” explica, cuando un revolucionario se ve obligado a ir al ejército,
“sigue siendo un luchador, aprende a usar las armas, explica hasta en las trincheras el significado de clase de la guerra, nuclea a los disconformes, los organiza en células, transmite las ideas y consignas del partido, observa cuidadosamente los cambios en el estado de ánimo de las masas, el reflujo de la marea patriótica, el incremento de la indignación, y en el momento crítico llama a los soldados a colaborar con los obreros”.
¡No precisamente “el mejor soldado” en un ejército burgués!
Quizá el más deshonesto de sus intentos es el de establecer un antecedente de la PMP en Lenin. El PTS afirma que en “El programa militar de la revolución proletaria” (septiembre de 1916), “Lenin formula lo que podríamos llamar, sin temor a abusar de los términos, una ‘política militar del proletariado’”. Sería muy amable llamar a esto “abusivo”. Lenin escribió:
“En lo que se refiere a la milicia, deberíamos decir: no estamos por una milicia burguesa, estamos únicamente por una milicia proletaria. Por consiguiente, ‘ni un centavo, ni un hombre’, no sólo para el ejército regular, sino tampoco para la milicia burguesa, incluso en países como Estados Unidos, o Suiza, Noruega, etc... Podemos exigir la elección de los oficiales por el pueblo, la abolición de todos los tribunales militares, iguales derechos para los obreros extranjeros y los nacidos en el país... Además, podemos exigir, digamos, que cada cien habitantes de un país determinado tengan derecho a formar asociaciones de adiestramiento militar voluntario, con libre elección de instructores, pagados por el estado, etc. Sólo en tales condiciones podría adquirir el proletariado adiestramiento militar, para sí, y no para sus esclavizadores; y los intereses del proletariado exigen absolutamente ese adiestramiento” (énfasis en el original).
De manera totalmente explícita, Lenin no está argumentando por el entrenamiento y equipamiento de “obreros-soldados” para ir a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Este artículo es una polémica contra la consigna reformista del “desarme”[3] en el cual, al tiempo que enfatiza que la Primera Guerra Mundial es totalmente reaccionaria, señala que no todas las guerras lo son, e insiste en que el proletariado necesita su propia milicia, independiente de la burguesía, para luchar por su propia dictadura y consolidarla. La siguiente oración en el artículo, que el PTS convenientemente omite, deja claro lo anterior:
“La Revolución Rusa [de 1905] demostró que todo éxito del movimiento revolucionario, incluso un éxito parcial, como la toma de una urbe, de una ciudad fabril, o el atraerse a una parte del ejército, obliga inevitablemente al proletariado vencedor a poner en práctica precisamente ese programa” (énfasis en el original).
Como escribimos en PRS No. 2:
“En el curso de la lucha que lleva al establecimiento de un estado proletario, el llamado por el establecimiento de organizaciones obreras de autodefensa es central en el programa revolucionario. Estas organizaciones representan la forma embrionaria del ejército del estado obrero, pero sólo si son completamente independientes del estado burgués. El Programa de Transición, adoptado en la conferencia de fundación de la IV Internacional en 1938, asocia el llamado por escuelas militares obreras y entrenamiento militar con la consigna de ‘completa independencia de las organizaciones obreras del control policiaco-militar’. Pero la PMP exigía que el estado burgués financiara las escuelas militares obreras, inclinándose hacia una posición reformista sobre el carácter del estado capitalista. El llamado ridículo del SWP por el ‘control sindical de la conscripción’ fue más lejos por ese camino”.
En suma, ninguna cantidad de sofistería será suficiente para esconder la verdad que yace en la afirmación que hicimos hace ya 40 años y que aplica de manera aún más apta al PTS hoy día: “Sólo socialchovinistas que apoyen los objetivos bélicos de ‘su’ gobierno pueden levantar razonablemente la PMP” (“Proletarian Military Policy” [Política Militar Proletaria], Revolutionary Communist Youth Newsletter No. 13, agosto-septiembre de 1972, reimpreso en PRS No. 2).
Notas
  1. Entre éstos, se incluyen polémicas correctas de Max Shachtman contra la PMP de finales de 1940 y principios de 1941. Menos de un año antes, sin embargo, Shachtman había roto de manera revisionista con el marxismo mediante la repudiación completa de su metodología filosófica, el materialismo dialéctico, y la traición concreta a la Unión Soviética (con base en su “teoría” del “colectivismo burocrático” según la cual la burocracia soviética no era tal, sino una “nueva clase”), primero en la guerra contra Finlandia en 1939 y luego en la invasión alemana de 1941 (ver “La bancarrota de las teorías sobre ‘una nueva clase’”, Spartacist (Edición en español) No. 30, mayo de 2000). La desviación del SWP respecto del contenido principista del leninismo mediante la PMP fue un regalo para Shachtman —entonces aún en sus inicios como revisionista—, el cual pudo explotar porque no se centraba en sus propias áreas de abandono del marxismo. Sin embargo, diez años después, bajo la presión de la Guerra de Corea, su revisionismo se volvió completo y Shachtman impulsó su propia versión, grotescamente reaccionaria, de la PMP. Regresar
  2. Joubert parece retomar al shachtmanista Hal Draper, quien en 1953-54 publicó un largo, oscuro y confusionista opúsculo titulado “The Myth of Lenin’s ‘Revolutionary Defeatism’” (El mito del “derrotismo revolucionario” de Lenin), a inicios de la primera Guerra Fría antisoviética del imperialismo estadounidense, para justificar la línea tercercampista de que, en caso de una guerra entre EE.UU. y la URSS, ¡los “socialistas” estadounidenses no debían estar por la derrota de su “propia” burguesía! Regresar
  3. De hecho, una versión ligeramente distinta, preparada por Lenin, de este mismo artículo se publicó en diciembre de 1916 como “La consigna del ‘desarme’”. Regresar
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/35/pmp.html
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2016.05.21 16:52 ShaunaDorothy ¡Forjar un partido leninista-trotskista! Se derrumba el régimen del PRI - ¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD! - ¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués, enemigo de explotados y oprimidos! (2000) (2 - 2)

https://archive.is/NR7fx
Internacionalismo proletario vs.
“frente único antiimperialista”:
¡El enemigo principal está en casa!
La CTM nació de un movimiento obrero en ascenso, del cual surgieron también grandes sindicatos nacionales de industria, como el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) y el Sindicato de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (STMMSRM). La CTM fue fundada en 1936 por una serie de federaciones sindicales (como la CSUM del PCM estalinista) y varios sindicatos industriales, como el STMMSRM, el STPRM, el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros (STF), el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y otros. La CTM nació bajo los auspicios de Cárdenas y desde un inicio estuvo atada a él y a su gobierno. De hecho, Cárdenas basó gran parte de su apoyo inicial en la Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM) de Lombardo Toledano, que fue antecesora de la CTM, así como en el Comité de Defensa Proletaria fundado en 1935, donde los estalinistas, la CGOCM, el SME y otros otorgaron su apoyo a Cárdenas en su lucha intestina contra Calles. El pegamento final que hizo que la CTM se postrara absolutamente ante el gobierno de Cárdenas fue la nacionalización del petróleo en marzo de 1938.
Los burócratas de la CTM (incluyendo a los estalinistas, así como a Lombardo Toledano y Fidel Velázquez) y el PRM mismo se vieron obligados a hacer referencias rituales al “socialismo” para engañar a los trabajadores. Así, el lema original de la CTM era “Por una sociedad sin clases” y sus “Estatutos de la Confederación de Trabajadores de México” dicen:
“El proletariado de México luchará fundamentalmente por la total abolición del régimen capitalista. Sin embargo, tomando en cuenta que México gravita en la órbita del imperialismo, resulta indispensable, para llegar al objetivo primeramente enunciado, conseguir previamente la liberación política y económica del país.”
—CTM, 1936-1941, Secretaría de Divulgación Ideológica, CEN del PRI (1981)
Esta es, básicamente, la concepción estalinista de la revolución por etapas —robada de los mencheviques—, según la cual primero hay que luchar por una “revolución democrática” para después hablar de una revolución socialista. En realidad, esta ha sido siempre una receta para derrotas del proletariado (ver artículo “México y las lecciones de Octubre” en este mismo número). El pacto constitutivo del PRM decía que este partido burgués “considera como uno de sus objetivos fundamentales la preparación del pueblo para la implantación de una democracia de trabajadores para llegar al régimen socialista.”
El papel desempeñado por el PCM, para entonces ya totalmente estalinizado, fue un elemento crucial en la subordinación de la clase obrera mexicana a la burguesía mediante el nacionalismo. Al principio del régimen de Cárdenas, el PCM seguía aún la política estalinista del “Tercer Periodo” que llevó a que el fascismo triunfara en Alemania sin que el proletariado disparara un solo tiro. El PCM, siguiendo las directrices del VI Congreso de la Internacional Comunista (Comintern), sostenía todavía en 1935 que Cárdenas y Calles buscaban el mismo objetivo: fortalecer la dominación del imperialismo yanqui. Criticaba a Lombardo Toledano porque, aun habiendo roto con la CROM, seguía sosteniendo abiertamente que había que colaborar con el gobierno. Sin embargo, en realidad esto encubría su propia colaboración de clases. Hernán Laborde, secretario general del PCM, explicaba en junio de 1935 que la consigna era: “¡Con Cárdenas no; con las masas cardenistas, sí!”, en su esfuerzo por consolidar la subordinación política de la clase obrera a una supuesta ala “antiimperialista” de la burguesía y la pequeña burguesía. ¡Y el PCM era el ala izquierda de la CTM!
El PCM realizó una “autocrítica” a la luz de los resolutivos del VII Congreso de la Comintern, celebrado en julio de 1935, en donde se calificaba al fascismo como el principal enemigo y, por tanto, era necesario construir un “frente único” contra éste. En realidad, la Comintern se estaba adaptando al imperialismo “democrático”, y era con esas fuerzas burguesas que buscaba un “frente único”. En los países subyugados por el imperialismo “democrático”, este “frente único” conducido bajo la rúbrica de la “lucha contra el fascismo”, significó la traición de cualquier lucha por la liberación nacional y la independencia. Así, en el VII Congreso, el PCM, en palabras de su secretario general Hernán Laborde, sostenía: “es preciso reconocer que el peligro fascista nos ha hecho en cierta medida relegar a segundo plano al principal enemigo, que en las condiciones de México es el imperialismo, y particularmente el imperialismo yanqui” (citado en de Neymet, Marcela, Cronología del Partido Comunista Mexicano. Primera parte, 1919-1939, 1981).
Si bien Laborde aceptó a regañadientes la unidad con el imperialismo “democrático” contra el fascismo, en la mayoría de los periodos el refrán de los estalinistas y otros colaboracionistas de clase es el “frente único antiimperialista”. Esta es una receta para la unidad con su propia burguesía nacional “contra el imperialismo”. Los espartaquistas insistimos que en México el principal enemigo está en casa: es la burguesía mexicana, lacaya del imperialismo. El PCM, aunque no era un partido de masas, gozaba de cierta influencia en la clase obrera, derivada de la autoridad de la Revolución de Octubre. A fin de cuentas, el PCM, a la cola de Cárdenas, fue el principal responsable político de detener en corto el desarrollo de una conciencia de clase en el proletariado mexicano, impidiéndole ver la necesidad de forjar un partido para luchar por sus propios intereses de clase.
Lombardo Toledano sirvió como un alcahuete nacionalista del gobierno burgués en turno. Fidel Velázquez, sin mayores pretensiones “teóricas”, llevó los postulados del PCM y Lombardo a sus consecuencias lógicas, deshaciéndose de sus adversarios algunos años más tarde y, al final de la efímera faceta “populista” de la burguesía, disciplinando al movimiento obrero mediante la represión salvaje en lugar de la subordinación ideológica. Unos años más tarde, la CTM y el PRM/PRI abandonaron cualquier pretensión “socialista”.
El desgastado dominio corporativista de la CTM sobre el movimiento obrero está agonizando, y es necesario extraer las lecciones de la historia para no caer en las mismas trampas de la burguesía. Los dirigentes sindicales “alternativos” a los charros priístas no representan ninguna opción de clase. Su retórica y sus métodos podrán ser distintos —a veces—, pero su papel es el mismo: los lugartenientes del capital en el movimiento obrero. Por ejemplo, un tal Miguel Hernández Bello, dirigente de una disidencia sindical del SUTERM contra el charro Rodríguez Alcaine, sucesor de Fidel Velázquez, se presentó a las oficinas de Vicente Fox para rogarle, de manera patética, que éste interviniera para garantizar el desarrollo “democrático” de las elecciones internas en el SUTERM, a realizarse en noviembre próximo; Fox ni siquiera lo recibió (La Jornada). ¡Y estos son los sindicalistas “independientes”! Las ilusiones en que el presidente electo panista va a “garantizar” la democracia en los sindicatos no son distintas a las ilusiones en la “imparcialidad” de las Juntas de Conciliación y Arbitraje burguesas. Las ilusiones en la “imparcialidad” del estado burgués en general son ilusiones mortales para el movimiento obrero. Cuando el estado interviene en los sindicatos, su única intención es reglamentarlos y subordinarlos cada vez más a la clase capitalista y a su estado. El estado burgués no tiene nada que hacer en el movimiento obrero. ¡La clase obrera debe limpiar su propia casa! ¡Estado burgués fuera de los sindicatos! Los policías no son “trabajadores en uniforme”, sino los perros guardianes de la burguesía. La presencia de policías en los sindicatos representa un peligro a la existencia misma de estos: ¡Policías fuera de los sindicatos! ¡Auxilio UNAM fuera de la UNAM y el STUNAM!
El PRD burgués, especialmente después de su humillante derrota electoral, trata de posar como “amigo” de los trabajadores, las mujeres y las minorías oprimidas, como los homosexuales. Después de impulsar las reformas ampliando —de manera muy limitada— los casos de aborto legal en la Ciudad de México, publicó un desplegado en los periódicos burgueses protestando contra la decisión de la Junta de Conciliación y Arbitraje contra la huelga de Volkswagen, aceptada por la dirigencia sindical. De igual manera se “opuso” a la requisa contra la huelga de las sobrecargos de aviación de ASSA, y hoy la diputada perredista y dirigente de ese sindicato, Alejandra Barrales, introduce una iniciativa de ley para eliminar la requisa. Pero el PRD ha mostrado su naturaleza antiobrera en más de una ocasión, arremetiendo con sus granaderos contra los estudiantes del CGH en distintos momentos durante la combativa huelga estudiantil en defensa de la educación publica. Fue aquí que varios ejemplos dejaron claro el objetivo de este partido, administrar los bienes y defender los intereses de la burguesía. En el caso de la huelga de la UNAM los estudiantes fueron atacados desde el principio de la huelga por el PRD, qué usó a sus granaderos para golpearlos y encarcelarlos el 25 de mayo, el 4 de agosto, 14 de octubre y 11 de diciembre de 1999, así como el 3 y 6 de febrero del 2000, en apoyo a la Policía Federal Preventiva. Estos ataques también han sido contra maestros del SNTE, trabajadores de Chapingo y muchos otros. A eso se reduce hoy el “populismo” cardenista. Hoy, el PRD y sus alcahuetes sindicales no tienen ninguna necesidad de utilizar una retórica “socialista”, como en su tiempo se vieron forzados a hacer la CTM y el mismo PRM, para engañar al proletariado. La verborrea del nacionalismo burgués les basta. Aun así, el objetivo es el mismo: mantener a la clase obrera disciplinada, adormecida con ilusiones “democráticas” en “su propia” burguesía. El PRD no tiene otro objetivo que sostener el régimen de explotación capitalista: es enemigo de los trabajadores, las mujeres y todos los oprimidos. Las leyes bajo el capitalismo existen para impedir la movilización independiente del proletariado en lucha por sus conquistas. La clase obrera no puede jugar bajo las reglas de los patrones. ¡Abajo las Juntas de Conciliación y Arbitraje! ¡Por la independencia política del proletariado—romper con todos los partidos de la burguesía: PRI, PAN, PRD!
El Grupo Internacionalista: apologistas “de izquierda” del nacionalismo burgués
La seudoizquierda mexicana ayuda al PRD en su esfuerzo por mantener a la clase obrera atada a su enemigo de clase, cegada por la ideología del nacionalismo burgués que pretende eliminar toda diferenciación de la sociedad en clases con intereses antagónicos. Entre estos grupos seudoizquierdistas se encuentra el llamado Grupo Internacionalista (GI), formado por un puñado de desertores de nuestra organización, la Liga Comunista Internacional. Desmoralizados por el triunfo de la contrarrevolución en la URSS y Europa Oriental, desertaron del trotskismo revolucionario para buscar fuerzas de clase ajenas al proletariado y vehículos distintos a su partido revolucionario leninista para avanzar en la lucha por la emancipación de la humanidad.
En lugar de la perspectiva trotskista de la urgencia de la lucha por la independencia política del proletariado, el GI toma posición, retóricamente, con un lado de los burócratas sindicales —los “independientes”— contra otros —la CTM—. El GI trata de manipular el justificado odio de los trabajadores hacia la burocracia gangsteril cetemista, así como sus impulsos hacia la democracia sindical, simplemente para embellecer al PRD y sus alcahuetes sindicales. Mediante el uso de justificaciones seudomarxistas, el GI sostiene que existe una diferencia de clase entre los sindicatos afiliados al PRI y aquellos cercanos al PRD, siendo la violencia y prácticas burócraticas de los cetemistas su criterio aparente. Pero la demagogia no puede sustituir al análisis marxista de clase. ¡Los marxistas no utilizan la presencia de la violencia, la deshonestidad o la falta de democracia para determinar la naturaleza de clase de las cosas! En el fondo, lo que para el GI determina el carácter de clase de las distintas organizaciones sindicales es por qué partido burgués están controladas: el PRI o el PRD.
Pretendiendo aportar una “justificación ortodoxa” a su línea de que los sindicatos priístas no son tales, en un suplemento de El Internacionalista (octubre de 1998), el GI cita “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” de Trotsky:
“En México, los sindicatos han sido transformados por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario.”
Pero omiten convenientemente el siguiente párrafo del escrito de Trotsky, que desenmascara la política del GI:
“A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras.
“Al no existir la democracia obrera no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo esta posición sería falsa hasta la médula.”
Su línea política capituladora en México se ha quedado, hasta ahora, en pura retórica. Sin embargo, en Brasil estos centristas llevaron su política a los hechos, arrastrando al Sindicato de Funcionarios Públicos del Municipio de Volta Redonda (SFPMVR) a los tribunales de la burguesía en tres ocasiones, en una lucha interburocrática para conservar la presidencia del sindicato en favor de su camarada Geraldo Ribeiro, un ex policía (ver el artículo “El encubrimiento del IG en Brasil: Manos sucias, mentiras cínicas” en Espartaco núm. 10, otoño-invierno de 1997). Cuando el estado burgués falló a favor de su oponente, el GI declaró que el sindicato mismo había dejado de ser tal, para convertirse en una formación arreglada por los tribunales burgueses porque la presidencia la ocupan sus oponentes políticos, ¡quienes antes eran sus compañeros de planilla!
El GI habla ahora de “sindicalismo policiaco”, haciendo una analogía con las organizaciones obreras establecidas por el agente de la policía zarista Zubátov en Rusia a principios de siglo, y tratan de incluir en la categoría a la CTM y el CT mexicanos (“Lucha de clases contra el ‘Sindicalismo Policiaco’ en Brasil”, The Internationalist núm. 7, abril-mayo de 1999). Con su tradicional estilo de citas “selectivas”, el GI pretende dar a entender que los bolcheviques se negaban a trabajar en tales organizaciones. Pero Lenin condenó a quienes argumentaban que los revolucionarios debían negarse a trabajar en sindicatos dirigidos por reaccionarios, explicando que los principales dirigentes de los sindicatos reformistas en los centros imperialistas no eran más que Zubátovs con un disfraz diferente: “Los Gompers, los Henderson, los Jouhaux y los Legien no son sino los Zubátov, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, su porte elegante y los refinados procedimientos aparentemente democráticos y civilizados que emplean para realizar su canallesca política” (La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920).
En su más reciente polémica contra nosotros, el GI trata de responder a estos argumentos sosteniendo: “El mismo Trotsky insistió en que en casos en los que no hay alternativa, hay que hacer trabajo en los ‘sindicatos’ fascistas. Esto, sin embargo, no los convierte en verdaderos sindicatos obreros. Los revolucionarios también hacen trabajo dentro del ejército de conscripción, pero eso no cambia la naturaleza de clase del puño armado del estado burgués” (suplemento de El Internacionalista, junio de 2000). Esta analogía antimarxista entre la CTM y un ejército burgués de conscripción no es otra cosa que la “justificación” de una política rompesindicatos: ¿por qué habrían de defender los trabajadores, contra los ataques de la burguesía, a una organización que no es cualitativamente distinta de un ejército burgués? En México, en 1989, Salinas de Gortari apresó al dirigente de los petroleros, Joaquín Hernández Galicia. Nadie más que la LCI protestó este ataque y explicó a los obreros que era un golpe contra la clase obrera. Nadie más que la LCI exigió la libertad para los dirigentes petroleros encarcelados. Cualesquiera que sean los pretextos del estado burgués para intervenir en los sindicatos, su única intención es subordinarlos aún más al enemigo de clase. Nadie más se opuso al golpe de Salinas contra los petroleros porque todas las demás organizaciones “de izquierda” compartían —y comparten— la línea del GI.
Mostrando que su objetivo está muy lejos de proporcionar alguna claridad política a los trabajadores, el GI jamás se ha tomado la molestia, después de decenas de páginas de polémicas contra nosotros sobre esta cuestión, de explicar a los millones de trabajadores aún organizados por la CTM y, en general, el CT, cómo y cuándo fue que sus sindicatos “dejaron” de ser tales. La razón por la cual no se han podido poner de acuerdo ellos mismos en esta cuestión es que su posición está en tan plena contradicción con la realidad y los principios elementales del marxismo, que no han encontrado la forma de “justificarla”.
Basando su posición social en el hecho de que dirigen a un sindicato, las burocracias obreras negocian los términos de explotación con la burguesía utilizando la fuerza de la clase obrera organizada como su carta. Así, al tiempo que la CTM y, en general, los sindicatos priístas se caracterizan por su servilismo ante la burguesía y su estado, también se ven obligados a movilizar a sus bases de vez en cuando. El año pasado, por ejemplo, hubo una gran huelga de miles de trabajadores azucareros, organizados por la CTM. Según estadísticas del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) correspondientes al año 1998, hubo 245 huelgas estalladas en México. De estas, 103 fueron de la CTM, 68 de la CROC (también priísta), 27 de la CROM (también priísta), y 24 de los “independientes”. De 245 huelgas, un total de 198 fueron estalladas por centrales priístas. Según el GI, la CTM no es una federación sindical porque está conectada orgánicamente con el PRI; pero el PRI ya no domina al estado. Entonces, el GI tacha de imposibles (o tal vez deberíamos decir “inexistentes”) las luchas convulsivas que se extienden incluso a los sindicatos dominados por el PRI o, enfrentados a los hechos, las denuncian como “un sector de la burguesía contra otro”, según han repetido cuadros dirigentes del GI en diversas discusiones verbales contra la LCI internacionalmente. De manera nada sorprendente, esa fue la respuesta del PRD ante la amenaza de huelga por parte del sindicato del metro de la Ciudad de México hace algunos meses —una mera maniobra del PRI—.
En La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Lenin explica:
“Para saber ayudar a la ‘masa’ y para adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos, los ataques, las persecuciones de los ‘jefes’ (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y trabajar sin falta ahí donde estén las masas.” (Enfasis en el original)
El punto fundamental de Lenin es que los antagonismos de clase inherentes al capitalismo son tales, que estallarán independientemente de la superestructura particular del régimen capitalista. Es por esto que incluso los sindicatos corporativistas estallan huelgas y buscan hoy nuevas alianzas. Y es por ello que los espartaquistas no desechamos a esos sindicatos, sino que buscamos ganar la adhesión de los trabajadores al programa del comunismo, luchando por romper cualquier atadura de los sindicatos con la burguesía, su estado y todos sus partidos. Pero la razón del GI para desechar a la CTM, que aún organiza a gran parte del proletariado mexicano y a algunos de sus sectores más estratégicos, no es cobardía. Es un apetito y programa distintos. Para los revolucionarios, que no buscamos “influencia” en sí misma, basada en las maniobras en la cúpula de los sindicatos, sino la adhesión revolucionaria de los sectores más avanzados de la clase obrera, el punto es ganarlos a nuestro programa completo.
Trotsky continúa en “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista”:
“De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aun más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.”
El GI encaja perfectamente en esta descripción.
El GI acusa a la LCI de haber “cambiado de línea” sobre la naturaleza de clase de la CTM. Veamos quién “cambió de línea”. En concordancia con su concepción de sí mismos como caudillos infalibles, los dirigentes del GI Norden y Negrete imaginan que, dado que ellos sostenían tal o cual posición a espaldas del partido cuando ellos todavía eran miembros de la LCI, ésta tenía que ser “la línea” de nuestra organización. Pero las acusaciones del GI son una falsedad diseñada simplemente para atacar a la LCI. No reconocíamos ninguna distinción de clase entre unos sindicatos y otros, porque la política del GEM jamás fue embellecer al PRD burgués y a sus seguidores en los sindicatos. En su suplemento mexicano más reciente (22 de junio de 2000), el GI se queja de que el GEM: “Incluso compara a los charros priístas, que ‘usan sus porros y golpeadores para mantener sus privilegios’, con la burocracia estalinista en la Unión Soviética. Ocultan la diferencia entre un instrumento directo del estado burgués, la CTM, y la burocracia gobernante de un estado obrero burocráticamente degenerado, la URSS.” En el número 22 de Spartacist en español, de 1989, cuando Norden era aún editor de nuestro periódico estadounidense Workers Vanguard y miembro del comité de redacción de Spartacist en español, en el artículo “Bazukazo contra los obreros mexicanos” sobre el ataque de Salinas contra el sindicato de petroleros, dijimos: “Muchos de los intelectuales radicales y liberales preguntan, ¿cómo se puede defender a este jefazo sindical, la personificación de los corruptos burócratas charros que han dominado a los sindicatos por décadas, y seguir llamándose un demócrata?... Los trotskistas, que comprendemos el carácter de clase de la URSS como un estado obrero a pesar de su degeneración burocrática bajo el dominio estalinista, y por tanto la defendemos contra el imperialismo, defendemos de la misma manera a los sindicatos contra los patronos a pesar de la burocracia entreguista que se asienta sobre estos reductos de poder obrero. Como escribió León Trotsky hace 50 años, ‘en el último análisis, el estado obrero es un sindicato que ha tomado el poder’ (En defensa del marxismo, 1939).” La política de la LCI siempre explicó cómo no existe ninguna diferencia cualitativa entre los charros priístas y sus contrapartes “democráticos”, porque nuestra política siempre ha estado basada en la lucha por la total independencia política y organizativa del proletariado respecto a todas las alas de la burguesía, no sólo del PRI sino también del PRD. Es el GI quien ha cambiado su orientación general, desertando del trotskismo revolucionario en busca de la satisfacción de sus apetitos oportunistas.
En México, el GI ha encontrado una fuerza burguesa a la cual capitular en el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, sosteniendo la existencia de un “frente popular” alrededor de ese partido burgués. El GI presenta el término “frente popular” como una frase carente de significado concreto. Pero el término “frente popular” no es sinónimo de cualquiera y toda forma de colaboración de clases. En terminos marxistas, un “frente popular” es una alianza entre partidos obreros reformistas y partidos capitalistas para gobernar en un estado capitalista. La participación de los partidos obreros es usada para camuflagear cuál clase dirige y generalmente surge en situaciones donde la burguesía necesita apaciguar obreros combativos y descarrilar sus luchas. Mientras la dirección pro-capitalista de estos partidos reformistas (a los cuales Lenin llamó “partidos obrero-burgueses”) conscientemente aparece para el rescate del capitalismo en crisis, la base obrera que tienen estos partidos está motivada por una conciencia de clase reformista; esto es, rechazan a los partidos burgueses como representantes de los patrones pero incorrectamente ven a su partido reformista como capaz de alcanzar un reordenamiento socialista de la sociedad en los intereses de los trabajadores.
Pero en México no existe ningún partido obrero de masas; el mecanismo fundamental utilizado por la burguesía mexicana para mantener a la clase obrera subordinada ha sido la ideología del nacionalismo burgués, y no el “frente popular”. El PRD es un partido burgués, simple y llanamente.
El GI trata de utilizar una cita de Trotsky de 1938 en la que sostiene que el PRM de Lázaro Cárdenas era un “frente popular en forma de partido” para argumentar contra los espartaquistas. Los centristas pasan años buscando alguna cita que pueda, sacándola de contexto, justificar su política oportunista. Así, el GI trata de sacar de contexto esa afirmación de Trotsky para implicar que su posición sobre un “frente popular cardenista” actualmente tiene alguna base marxista, dada por Trotsky. Esto es una falsedad. En una conversación informal con algunos de sus colaboradores, que fue transcrita posteriormente, Trotsky dijo:
“El Kuomintang en China, el PRM en México, el APRA en Perú son organizaciones totalmente análogas. Es el frente popular bajo la forma de un partido.”
Esta es una formulación evocativa para describir a la burguesía apoyándose en el proletariado, pero no es precisa, y es precisamente por ello que aparece únicamente en esta transcripción de una conversación informal entre Trotsky y sus colaboradores políticos. En todos los escritos publicados de Trotsky acerca del Guomindang, es concienzudamente claro que era el partido de la burguesía nacionalista y previene en contra de la subordinación del proletariado a éste. Así mismo para México, Trotsky insiste que la cuestión paradigmática para los revolucionarios es la estrategia de la revolución permanente, contrapuesta al nacionalismo burgués que se expresa en la falsa perspectiva del “frente único antiimperialista”. Como escribimos en Espartaco núm. 10:
“¿Cuál puede ser la razón de la insistencia del IG sobre la supuesta existencia de un “frente popular” alrededor del PRD? Tal vez es instructivo considerar que Stalin justificó la liquidación suicida de los comunistas chinos en el Guomindang bautizando al partido burgués nacionalista como un “bloque de cuatro clases”. Escribiendo sobre éste en La internacional Comunista después de Lenin (1928), Trotsky dijo:
“‘La famosa idea de los partidos obreros y campesinos parece haber sido especialmente concebida para permitir el camuflaje de los partidos burgueses obligados a buscar un apoyo entre los campesinos, pero deseosos también de contar con obreros en sus filas. Desde este momento el Guomindang ha entrado para siempre en la historia como el prototipo clásico de un partido de este género.’”
La razón de la insistencia del GI en el supuesto “frente popular” cardenista, no es otra que obscurecer la naturaleza de clase del PRD, un partido burgués. El GI avienta por la ventana la perspectiva de la revolución permanente para inventar un “frente popular” con componentes de la clase trabajadora sólo para capitular al PRD burgués. La historia mexicana y la realidad actual presentan un gran problema para el GI al que ellos no pueden responder. Por siete décadas la estructura básica del corporativismo en la sociedad mexicana no cambió fundamentalmente. Durante un periodo breve bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas el gobierno se movió un poco a la izquierda para descarrilar el descontento de los trabajadores y del campesinado. Desde entonces, la estructura del estado corporativista se ha desarrollado en una dirección represiva y semi-bonapartista. Pero nada cambió fundamentalmente por siete décadas. Si, de acuerdo al GI, el predecesor del PRI, el PRM fue un frente popular, ¿cuándo y cómo éste dejó de serlo? Y ahora que a partir del 1° de diciembre el PRI dejará de estar en el gobierno, pero los sindicatos de la CTM todavía están afiliados a éste, ¿existe un “frente popular” alrededor del PRI?
¡Forjar un partido leninista-trotskista!
Los genuinos comunistas buscamos construir la más fuerte unidad posible de la clase obrera contra los explotadores capitalistas, por eso, nos oponemos a las divisiones gremiales en el proletariado, estamos por el sindicato de industria; es decir, todos los trabajadores, calificados y no calificados de una misma industria deben pertenecer a un mismo sindicato. Luchamos contra la escisión de la clase obrera en sindicatos competidores basados en diferentes tendencias políticas. La tarea de la vanguardia comunista es aclarar y agudizar las diferencias entre las tendencias políticas competidoras para reunir los cuadros para un partido leninista. En tiempo de Lenin, estas diferentes tareas políticas se reflejaron en diferentes formas organizativas: la Comintern compuesta de las organizaciones partidistas que representaban el singular programa político bolchevique, y la Profintern, que representaba la lucha por la unidad de la clase obrera en los sindicatos.
La historia ha mostrado que la clase obrera, con sólo su esfuerzo y experiencia cotidiana —sin la intervención de un partido leninista de vanguardia—, no puede desarrollar una conciencia más alta que la sindical; es decir, la necesidad de unirse en sindicatos para la lucha económica contra los patrones y el gobierno. Pero la conciencia sindical es conciencia burguesa. El sindicalismo, por sí mismo, no cuestiona el modo de producción capitalista, sino que busca mejores condiciones de explotación para los obreros en luchas contra patrones individuales y el gobierno. La lucha por la independencia genuina de las organizaciones obreras respecto de la burguesía requiere el forjamiento de un partido obrero revolucionario —el instrumento indispensable para la revolución proletaria—, que reúna a las masas oprimidas del campo y la ciudad tras el proletariado. Para este fin, es necesaria una lucha sin cuartel contra toda manifestación de la ideología burguesa en la clase obrera. Parte esencial de esto es desenmascarar a los falsos pretendientes a la bandera del comunismo, que no hacen sino perpetuar las ataduras de la clase obrera a “su propia” burguesía.
El papel de vanguardia de la clase obrera es central para la perspectiva marxista del socialismo mundial. Sólo la clase obrera tiene el poder social y la obligación de su claro interés objetivo para liberar al género humano de todo tipo de opresión. No teniendo interés alguno en la preservación del orden burgués, su enorme poder yace en su papel en la producción, su número y su organización. Como los bolcheviques de Lenin, nuestro propósito es fusionar elementos intelectuales y proletarios, para forjar el partido capaz de dirigir al proletariado a la toma del poder estatal. ¡Únete a nosotros!
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